El latido cultural de la cumbre: Artebirgua celebra diez años como refugio de las letras canarias
El festival Artebirgua Literario ha celebrado su décima edición en Juncalillo, Gáldar, congregando a cerca de un centenar de asistentes entre el 25 y el 28 de junio. Este encuentro, celebrado a más de 1.200 metros de altitud en las Montañas Sagradas de Risco Caído, ha consolidado a la cumbre grancanaria como un polo cultural que reúne a autores de todas las islas y proyecta la literatura canaria más allá de los circuitos urbanos.
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- Una década de letras en la cumbre
- Juncalillo: un escenario entre barrancos y silencio
- El agua que dio vida y la tierra que se vació
- Manuel Díaz, el poeta-panadero que mueve la cumbre
- Un santuario para las letras canarias
- Fe, cultura y memoria: el legado religioso de Juncalillo
- Casas-cueva y montañas sagradas: la inspiración del entorno
- Más allá del festival: el impacto en la comunidad
- El futuro de las letras en la cumbre
Una década de letras en la cumbre
Artebirgua nació en 2015 con la vocación de rescatar del olvido los caseríos de la cumbre de Gran Canaria a través de la palabra. Diez años después, el festival se ha convertido en una cita imprescindible del calendario literario insular. En sus diversas ediciones ha contado con la presencia de varios Premios Canarias, como Ángel Sánchez —natural de Gáldar y figura muy vinculada a la identidad del encuentro—, el artista Pepe Dámaso, la poeta Elsa López y la narradora Cecilia Domínguez, asidua en las últimas convocatorias.
El programa del décimo aniversario mantuvo el espíritu multidisciplinar que caracteriza a Artebirgua: presentaciones de libros, recitales, talleres, debates y espectáculos escénicos se sucedieron durante cuatro jornadas en las que llegaron a celebrarse hasta tres actividades simultáneas. Los actos centrales, del jueves al domingo, convocaron a participantes llegados de todas las islas, especialmente de Tenerife, y también de la Península. La edición de 2025 se echó de menos al lanzaroteño Félix Hormiga, presencia habitual que este año no pudo asistir.
Juncalillo: un escenario entre barrancos y silencio
Situado a más de 1.200 metros sobre el nivel del mar, el caserío de Juncalillo se despliega de forma diseminada entre barrancos, presas y antiguas huertas. Forma parte del municipio de Gáldar, pero su paisaje y sus ritmos nada tienen que ver con la costa. Aquí, las carreteras estrechas y las cuestas interminables conducen a barrios casi deshabitados como Barranco Hondo o El Hornillo. El silencio solo lo rompe el viento y, desde hace unos meses, la conversación de quienes se reúnen en el bar abierto junto a la iglesia de Santo Domingo, un pequeño local que ha devuelto algo de pulso social al lugar.
Ese silencio fue precisamente uno de los aliados del festival desde sus inicios. “La soledad y el silencio en las Montañas Sagradas son circunstancias a las que pronto te acostumbras”, suelen repetir los organizadores. Para los visitantes que cada año suben a la cumbre, esa atmósfera se convierte en el marco ideal para la lectura, la creación y el intercambio de ideas lejos del ruido.
En las Islas Canarias, cada isla es un mundo. Si el viajero se debate entre la belleza de Tenerife y Lanzarote, o entre Lanzarote y Fuerteventura, la cumbre de Gáldar ofrece una respuesta inesperada: la auténtica belleza isleña reside en la diversidad de sus paisajes, desde las playas de arena rubia hasta los riscos volcánicos y los bosques de laurisilva. Juncalillo representa ese patrimonio interior que escapa a las postales turísticas y que, sin embargo, resume como pocos lugares la esencia de las Islas Canarias.
El agua que dio vida y la tierra que se vació
El paisaje de Juncalillo está moldeado por el agua. Durante generaciones, la abundancia de manantiales permitió una agricultura próspera: huertas escalonadas, estanques, acequias y cantoneras dibujaban un territorio autosuficiente. Sin embargo, la excesiva explotación mediante galerías, pozos y grandes presas —como la cercana presa de Los Pérez, que hoy se muestra llena tras las últimas lluvias— acabó por agotar el acuífero y transformó la economía local.
Ese declive hídrico coincidió con el éxodo rural que vació las cumbres. La sociedad juncalillense, tradicionalmente rural y artesana, entró en crisis cuando la costa demandó mano de obra para el cultivo del tomate de exportación y, más tarde, para la pujante industria turística del sur de Gran Canaria. Los jóvenes emigraron; los que se quedaron envejecieron. Décadas después, la trashumancia de los rebaños de ovejas es uno de los pocos vestigios de aquel modo de vida que aún perdura.
Manuel Díaz, el poeta-panadero que mueve la cumbre
Detrás de Artebirgua hay un equipo hiperactivo liderado por Manuel Díaz y su mujer, Noelia. Díaz, conocido como el poeta-panadero por su oficio y su obra, asume cada año la dirección de un festival que no para de crecer. Junto a un grupo de vecinos y colaboradores, se encarga de recoger a los invitados en el aeropuerto, distribuir las habitaciones entre las casas del pueblo y encontrar cobijo para todos los que llegan de otras islas o de la Península. La logística es compleja, pero la hospitalidad de la cumbre la convierte en algo natural.
“Cada vez acuden más participantes de las distintas islas, particularmente de Tenerife”, explican desde la organización. El festival ha tejido una red de complicidades que trasciende la literatura y abraza también la música, las artes plásticas y la gastronomía local. No es raro ver a los asistentes compartir un potaje de berros o un conejo en salmorejo mientras discuten sobre el último libro de un autor canario.
Un santuario para las letras canarias
Artebirgua ha servido de altavoz para varias generaciones de escritores canarios. La presencia recurrente de Cecilia Domínguez Luis, Premio Canarias de Literatura 2015, ha dado al festival un sello de calidad y continuidad. Junto a ella, voces consagradas como las de Elsa López —Premio Canarias 2016— y Pepe Dámaso —Premio Canarias 1996 en Bellas Artes— han subido a la cumbre para compartir su obra y su experiencia. Ángel Sánchez, Premio Canarias de Literatura 2005 y natural del propio Gáldar, es otro de los nombres que han honrado el encuentro, reforzando el vínculo entre el territorio y la creación.
El festival no solo mira al pasado; también es una plataforma para autores emergentes. En cada edición se programan lecturas de nuevos poetas y narradores que encuentran en el silencio de la cumbre un público atento y entregado. Esa combinación de tradición y vanguardia ha convertido a Artebirgua en un termómetro de la salud literaria del Archipiélago.
Fe, cultura y memoria: el legado religioso de Juncalillo
Juncalillo es también un lugar de profunda huella religiosa. El pequeño caserío ha dado a la Iglesia 26 clérigos y 33 religiosas, una cifra asombrosa para una población tan reducida. Entre ellos destacan dos figuras: Jesús Pérez Rodríguez, que fue obispo auxiliar de Sucre (Bolivia) en 1985, arzobispo de la misma diócesis en 1989 y más tarde arzobispo primado de Bolivia; y el sacerdote José Rodríguez y Rodríguez, reconocido por su labor humanitaria en Canarias y distinguido personalmente con el título de Monseñor por el papa Juan Pablo II en 1993.
La iglesia de Santo Domingo, bien atendida y reluciente, ha acogido algunos de los actos del festival a lo largo de estos diez años. Su fachada encalada y su sencilla torre campanario son uno de los elementos definidores del paisaje juncalillense. Justo al lado, el bar recién inaugurado ha añadido una nueva capa de encuentro a un espacio que, durante siglos, fue casi exclusivamente de recogimiento.
Casas-cueva y montañas sagradas: la inspiración del entorno
Las casas-cueva son la seña de identidad arquitectónica de la cumbre. Compartidas con el vecino municipio de Artenara, estas viviendas excavadas en la roca volcánica han sido utilizadas desde tiempos prehispánicos y hoy forman parte del patrimonio cultural de Gran Canaria. Muchos de los asistentes al festival se alojan en estas cuevas acondicionadas, viviendo una experiencia que conecta directamente con la memoria más antigua de la isla.
Todo ello en el corazón de las Montañas Sagradas de Risco Caído y los Espacios Sagrados de Montaña de Gran Canaria, declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2019. Este paisaje cultural, que incluye yacimientos arqueológicos, antiguos lugares de culto y una biodiversidad única, proporciona un telón de fondo sobrecogedor para un festival que reivindica la palabra como forma de conocimiento y de resistencia frente al olvido.
Más allá del festival: el impacto en la comunidad
Artebirgua no es solo un evento de cuatro días. Su huella se extiende durante todo el año gracias a la red de afectos y colaboraciones que ha tejido. Los fines de semana, muchas familias que emigraron décadas atrás regresan a sus viviendas en la cumbre y llenan de vida las calles. El nuevo bar junto a la iglesia se ha convertido en un local social improvisado donde se comparten recuerdos de la infancia y se discute el futuro del pueblo.
El festival ha contribuido a visibilizar una problemática común a muchas zonas rurales del Archipiélago: la despoblación y el envejecimiento. Pese a ello, la existencia de unos pocos jóvenes que han mantenido el vínculo con Juncalillo y el empuje de iniciativas como Artebirgua demuestran que la cumbre aún tiene mucho que decir. La cultura, en este caso, actúa como motor de arraigo y como reclamo para atraer a una nueva generación de visitantes y creadores.
El futuro de las letras en la cumbre
Diez años después de aquella primera convocatoria, el festival mira hacia adelante con el reto de seguir creciendo sin perder su esencia. La organización trabaja ya en la undécima edición, que previsiblemente contará con más autores invitados y nuevas propuestas escénicas. La colaboración con otras islas se intensificará para convertir a Artebirgua en un verdadero punto de encuentro de todo el Archipiélago.
Mientras las tardes de junio vuelvan a teñir de letras los barrancos de Juncalillo, la literatura canaria tendrá en la cumbre un refugio seguro. Porque en un mundo cada vez más acelerado, detenerse frente a un paisaje de soledad y silencio a 1.200 metros de altitud es, quizá, la mejor forma de entender que la verdadera riqueza de las islas está en su capacidad para contar historias.
En definitiva, ante el eterno debate sobre qué isla es más bonita, si Tenerife o Lanzarote, o si Lanzarote o Fuerteventura, la respuesta que emerge de la cumbre es clara: las Islas Canarias son ocho universos con identidad propia, y la belleza reside en la mirada que sepa apreciar tanto la lava de un volcán como el silencio de un barranco. Artebirgua enseña que todas las islas caben en un verso.
