Antes de la conquista, cada isla tenía su propio cielo: dioses que sostenían el mundo, demonios encerrados en los volcanes y árboles que destilaban agua de la niebla. Esto es lo que sabemos —y lo que la leyenda cuenta— de la mitología aborigen canaria.












Los antiguos canarios no formaban un solo pueblo ni compartían una sola religión: cada isla vivió aislada durante siglos y desarrolló sus propias creencias. Aun así, casi todas coinciden en un dios celeste y supremo, creador y benévolo. En Tenerife lo llamaban Achamán; en Gran Canaria, Acorán; los bimbaches de El Hierro rezaban a una pareja divina, Eraoranzan los hombres y Moneiba las mujeres; y los benahoritas de La Palma veneraban a Abora y el peñón sagrado de Idafe en la Caldera de Taburiente. Frente a esa divinidad luminosa aparece el principio del mal: en Tenerife, Guayota, el demonio que habitaba el Teide —al que llamaban Echeyde, "el infierno"— y que llegó a raptar al sol Magec hasta que Achamán lo encerró en el volcán.
El mundo aborigen estaba poblado además de criaturas y espíritus: los tibicenas, perros o seres demoníacos de pelaje negro que vagaban de noche; los maxios o dioses menores; y los antepasados, a los que se rendía culto en cuevas y montañas sagradas. La religión se vivía al aire libre, en almogarenes y lugares altos, con ofrendas de leche y manteca, danzas y rogativas para pedir la lluvia. Buena parte de lo que conocemos llega filtrada por los cronistas de la conquista, que lo interpretaron con ojos europeos, de modo que conviene leer estas historias como lo que son: una mezcla de creencia auténtica y de leyenda transmitida.
Tras la conquista, muchas de aquellas creencias no desaparecieron: se transformaron. La diosa madre Chaxiraxi se fundió con la Virgen de Candelaria, patrona de Canarias; las montañas sagradas siguieron siendo lugares de romería; y los nombres antiguos quedaron grabados en el mapa —Garajonay, Tindaya, Idafe, Teide— y en el habla. Hoy esos dioses y leyendas viven en la toponimia, en las fiestas y en el orgullo de un archipiélago que mira a su pasado aborigen con creciente fascinación.
Cada isla tenía el suyo. En Tenerife era Achamán, dios celeste, supremo y creador; en Gran Canaria, Acorán. Ambos eran divinidades del cielo, benévolas y todopoderosas. No existía un único dios común a todas las islas, porque cada pueblo aborigen desarrolló su propia religión.
Guayota era el genio o dios del mal de los guanches de Tenerife. Según la tradición, vivía dentro del Teide, al que llamaban Echeyde ("el infierno"), y raptó al dios del sol, Magec. El dios supremo Achamán lo derrotó y lo encerró en el volcán, tapándolo con el pan de azúcar de la cima. Las erupciones se entendían como la ira de Guayota.
No. Los antiguos canarios de cada isla vivieron aislados y tuvieron mitologías distintas, aunque con rasgos comunes: un dios celeste supremo, un principio del mal, el culto a los antepasados y a la lluvia, y lugares sagrados en cuevas y montañas. Por eso Achamán (Tenerife), Acorán (Gran Canaria) o Eraoranzan y Moneiba (El Hierro) pertenecen a panteones diferentes.
El tibicena era una criatura de la mitología guanche: un perro o ser demoníaco de pelaje negro y ojos brillantes, asociado al mal y, según algunas versiones, servidor de Guayota. Se creía que vagaba de noche por barrancos y poblados. Es una de las figuras más populares del imaginario aborigen canario.
Muchas se sincretizaron con el cristianismo. El caso más claro es la diosa madre Chaxiraxi, identificada con la Virgen de Candelaria, hoy patrona de Canarias. Otras pervivieron en la toponimia (Garajonay, Idafe, Tindaya), en las romerías a las montañas y en el folclore. La memoria aborigen sigue muy viva en la cultura canaria.
Son una mezcla. La religión aborigen existió, pero casi todo lo que sabemos llega a través de los cronistas europeos de la conquista, que la interpretaron a su manera, y de la tradición oral posterior. Por eso hay versiones contradictorias y detalles legendarios. Las contamos como patrimonio cultural, distinguiendo lo documentado de lo mítico.
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