El roque que sostenía el cielo de los benahoaritas: si caía, se acababa el mundo.
Idafe es el espíritu venerado por los benahoaritas —los antiguos habitantes de La Palma (Benahoare)— en un esbelto roque de basalto que se alza en el corazón de la Caldera de Taburiente. Para aquel pueblo funcionaba como axis mundi, el pilar que unía el cielo y la tierra, y temían que se desplomara y arrastrara consigo el fin del mundo. Para evitarlo le ofrendaban las vísceras de los animales sacrificados, en uno de los pocos ritos aborígenes canarios cuyo detalle nos ha llegado por escrito.

Idafe no es un dios con rostro ni una criatura: es el nombre del espíritu que los benahoaritas veneraban en un esbelto roque de basalto que sobrevive a la erosión en el interior de la Caldera de Taburiente, en La Palma. Para aquellos aborígenes de la isla que ellos llamaban Benahoare, aquella columna de piedra tenía una función cósmica: era el eje del mundo, el pilar que sostenía a la vez el cielo y la tierra. La tradición la presenta como morada de un espíritu o ídolo de piedra, hasta el punto de que el propio nombre acabó designando indistintamente a la potencia que lo habitaba y al roque que la albergaba —de hecho, los lingüistas advierten que Idafe es primero el nombre de la divinidad y solo después, «por su contemplación», el del peñón—. Conviene separar las cosas con cuidado: el dios supremo y celeste de los palmeros era Abora, que habitaba el cielo (tigotan); Idafe pertenece a la misma religión benahoarita, pero las crónicas describen su culto como un rito propio, sin nombrar a Abora en él. Lo que algunas versiones modernas dan por unido, las fuentes antiguas lo cuentan por separado.
El relato que ha sobrevivido lo recogió el cronista Juan de Abreu Galindo, cuya Historia de la conquista de las siete islas de Canaria se compuso a finales del siglo XVI. Según su crónica, los palmeros vivían con el temor de que Idafe se desplomara sobre ellos y acarreara la ruina. Para conjurarlo pactaron que, de cada animal que mataran para comer, las asaduras y vísceras serían para Idafe. Llevaban la ofrenda hasta el roque entonando un diálogo ritual: uno cantaba «Y iguida y iguan Idafe» —que la tradición traduce como «dice que caerá Idafe»— y otro respondía «Que guerte yguan taro» —«dale lo que traes y no caerá»—. Hecho el intercambio, arrojaban las vísceras al pie del peñón, donde quedaban como pasto de cuervos y quebrantahuesos. Es uno de los testimonios más vívidos que conservamos de un sacrificio aborigen canario, y debe leerse con la prudencia que impone su origen: lo poco que sabemos viene casi en exclusiva de Abreu Galindo.
Hoy el Roque Idafe sigue en pie, presidiendo el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente entre los nacientes de dos barrancos, junto a otros monolitos supervivientes como el Roque del Huso. Su nombre quedó fijado en el paisaje y en la memoria identitaria palmera: aparece en la toponimia, da título a poemas, asociaciones y comercios, y se ha convertido en símbolo del legado benahoarita y del respeto aborigen por la montaña. La lingüística amazigh ha intentado descifrar el topónimo: la lectura más aceptada lo compone del prefijo masculino «i-» más «adaf», del verbo bereber «daf/dof» (velar, vigilar), de modo que Idafe vendría a significar «el que guarda» o «centinela», la idea de un puesto de vigía alzado en las alturas. Más allá de la etimología, Idafe perdura como lo que siempre fue para los benahoaritas: el punto donde la tierra tocaba el cielo y donde un puñado de vísceras bastaba para que el mundo no se cayera.
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