El dios supremo de los antiguos canarios: la "cosa de lo alto" que gobernaba la tierra, mucho antes de que llegaran las campanas.
Acorán era el dios supremo y único de los aborígenes de Gran Canaria, una divinidad celeste y creadora que, según las crónicas, "gobernaba las cosas de la tierra" desde lo alto. Es el equivalente grancanario del Achamán tinerfeño, pero con nombre y culto propios: no debe confundirse uno con otro, porque cada isla aborigen tenía su panteón. Su recuerdo pervive en topónimos, almogarenes y montañas sagradas como Tirma o el Roque Bentayga.

Para los antiguos canarios de Gran Canaria, Acorán era el principio supremo: un dios celeste, creador y sustentador, que habitaba en lo alto y desde allí regía cuanto ocurría en la tierra. La frase que mejor lo resume nos llega del cronista Juan de Abreu Galindo, que recogió la creencia indígena con estas palabras: «Decían que en lo alto había una cosa que gobernaba las cosas de la tierra, que llamaban Acorán, que es Dios». Frente al complejo entramado de advocaciones de otras islas, en Gran Canaria el nombre se mantuvo notablemente estable. Conviene subrayarlo: Acorán es el dios de Gran Canaria; Achamán lo es de Tenerife, Abora de La Palma y Eraorahan de El Hierro. Cada isla tuvo su mitología, con conceptos comunes pero sin un panteón compartido, y mezclarlos sería traicionar a esas culturas.
Lo que sabemos del culto procede de cronistas coloniales como Abreu Galindo, Torriani o Marín y Cubas, fuentes valiosas pero tardías y a veces contradictorias, de modo que muchos detalles deben tomarse con prudencia, «según la tradición recogida por los cronistas». El nombre de Acorán impregnaba la vida sagrada: Torriani describió unas casas de mujeres consagradas llamadas Tamogonte en Acorán, que él traducía como «templo de Dios», y Marín y Cubas anotó la expresión Almene Coran, «válgame Dios». El culto, dirigido por el faycán —una figura de sacerdote y juez— y por las harimaguadas, mujeres consagradas, se celebraba en los almogarenes, recintos de piedra donde se invocaba y se ofrendaba «regándola con leche todos los días». En montañas sagradas como Tirma y Amagro, al oeste de la isla, los antiguos canarios juraban al grito de atis Tirma; y en tiempos de sequía subían en procesión a esas alturas para derramar leche y manteca pidiendo lluvia.
Aunque la conquista castellana del siglo XV impuso el cristianismo y borró el culto público, el nombre de Acorán no se extinguió del todo. Filólogos como Dominik Wölfel propusieron para él una raíz bereber, a-kor-an, «el más grande, el altísimo, el sublime», en sintonía con las divinidades supremas del norte de África de donde procedían los antiguos canarios; estudiosos posteriores como Abrahan Loutf han propuesto derivaciones alternativas (de la raíz KRM), de modo que la etimología sigue siendo objeto de debate. Hoy Acorán resuena en la toponimia y la onomástica isleña —urbanizaciones, calles y hasta nombres de pila lo recuperan como seña de identidad—, y su mundo sagrado sigue siendo visitable en yacimientos como el Roque Bentayga, la montaña de Tirma o los almogarenes excavados en la roca, donde aún se intuye el eco de aquella «cosa de lo alto» que gobernaba la isla.
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