El sol hecho dios: la luz por la que los antiguos canarios juraban sus pactos y a la que tallaban en espiral sobre la roca.
Magec es la divinidad del sol y la luz en la religión de los antiguos canarios, venerada al menos en Tenerife y Gran Canaria. Su nombre, de raíz amazigh insular, se ha traducido como "que posee resplandor". Era objeto de honda devoción: por él se juraban los pactos sagrados. La célebre leyenda de su rapto por Guayota y su rescate por Achamán, en cambio, es una recreación literaria moderna, no un relato recogido por los cronistas.

Para los pueblos aborígenes de Canarias el sol no era un astro lejano, sino una presencia divina con nombre propio: Magec. La voz procede del amazigh insular (Magheq) y se ha traducido como "que posee resplandor" o "el que brilla"; con ese nombre se conocía al Sol al menos en Tenerife y en Gran Canaria. Magec encarnaba la luz, el calor que maduraba las cosechas y el orden del cielo, y figuraba entre las divinidades principales del panteón. La devoción era tal que se le invocaba en los juramentos sagrados, y los antiguos canarios de Gran Canaria tenían el alma por "hija inmortal de Magec", de modo que el sol quedaba ligado al origen y al destino de la vida humana. Conviene una cautela de fondo: en la mitología amazigh el sol solía concebirse como femenino, y algunos lingüistas leen el nombre como 'madre del fulgor' o 'la que tiene fulgor'. El género de Magec, en realidad, no está cerrado, aunque la tradición popular lo haya fijado como masculino.
La historia más difundida cuenta que Guayota, el genio del mal que habitaba el Teide —al que los guanches llamaban Echeyde e identificaban con el infierno—, raptó a Magec y lo encerró en las entrañas del volcán, sumiendo al mundo en tinieblas. El dios supremo Achamán, tras una lucha encarnizada, derrotó a Guayota, liberó a Magec y devolvió la luz, sellando el cráter con el demonio dentro; ese tapón sería el Pan de Azúcar, el cono blanquecino que corona la cumbre. Es un relato hermoso y muy popular, pero hay que decirlo con honestidad: este episodio del rapto y la liberación es una recreación literaria moderna y no aparece en las crónicas coloniales. Lo que sí dejaron escrito cronistas como Alonso de Espinosa es a Guayota habitando el Echeyde —"al infierno Echeyde, y al demonio Guayota"—; el rescate solar de Magec se le sumó después. La religión aborigen, transmitida y alterada por los conquistadores cristianos, no puede reconstruirse con certeza, y figuras como Guayota pudieron deformarse al leerlas con la plantilla del Diablo.
El rastro material del culto solar, en cambio, es real y elocuente. En Tenerife y La Palma se conservan espirales y figuras circuliformes grabadas en la roca que buena parte de los arqueólogos interpreta como representaciones del sol; en Gran Canaria, vasijas y piezas de barro lucen figuras radiadas que lo evocan. Investigaciones recientes han documentado además que ciertos yacimientos se orientan hacia las salidas y puestas del sol en solsticios y equinoccios, prueba de una astronomía ritual viva. El nombre dejó huella incluso en el habla: a los campesinos tinerfeños se les llamó "magos", término que se ha relacionado con el culto solar para obtener buenas cosechas, y no con la magia. Hoy Magec pervive en la cultura popular canaria —en marcas, topónimos, nombres propios y en la identidad neoindigenista— como símbolo luminoso de las raíces amazigh del archipiélago, mientras el Teide sigue contando, a quien quiera oírla, la versión moderna de su prisión y su rescate.
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