El genio del mal que los guanches creían encerrado en el Teide, donde dicen que aún arde.
Guayota era el genio o principio del mal en la mitología de los guanches de Tenerife, el adversario del dios supremo Achamán. Moraba en Echeyde —el nombre aborigen del Teide, que los guanches identificaban con el infierno— y se le asociaba al fuego, las erupciones y el inframundo. La tradición recogida por los cronistas lo describe como un demonio temible cuya cólera explicaba la furia del volcán.

Para los guanches de Tenerife, el universo se sostenía sobre la pugna entre dos fuerzas. En lo alto, Achamán, el dios celeste, sostén del cielo y de la tierra. En las profundidades del volcán, Guayota: el genio del mal, señor del fuego subterráneo. El cronista franciscano fray Alonso de Espinosa lo dejó escrito hacia finales del siglo XVI con una claridad que aún estremece: los guanches «conocían haber infierno, y tenían para sí que estaba en el pico de Teide, y así llamaban al infierno Echeyde, y al demonio Guayota». El nombre mismo, según las lecturas lingüísticas que lo emparentan con el bereber, evocaría la idea de golpear o combatir —«el Destructor»—. Guayota no era un dios al que rezar, sino una presencia a la que aplacar.
La versión más popular hoy —el rapto del sol— conviene contarla con honestidad: tal como se relata habitualmente no aparece en las crónicas de la conquista, sino que es una leyenda de elaboración literaria moderna levantada sobre el sustrato real de la creencia aborígen. Según esa tradición ya fijada, Guayota raptó a Magec, el genio de la luz y del sol, y lo arrastró al interior del Teide, sumiendo el mundo en tinieblas. Desesperados, los guanches imploraron a Achamán, que descendió a Echeyde, venció al demonio, liberó a Magec y selló el cráter con Guayota dentro. La misma leyenda quiere que el tapón quedara a la vista: el Pan de Azúcar, el cono blanquecino que corona la cima, sería la marca con que Achamán cerró la prisión. Acompañaban al genio en su reino los perros negros conocidos como tibicenas, una hueste de canes demoníacos de ojos de fuego que merodeaban de noche por los barrancos para devorar el ganado; conviene precisar que ese nombre, tibicena, era propio de Gran Canaria, mientras que en Tenerife a esas mismas criaturas se las llamaba guacanchas.
El legado de Guayota sobrevivió a la conquista transformándose. Los misioneros encontraron en él un equivalente cómodo del diablo cristiano, y así quedó fijado en la memoria popular: el demonio del Teide. La arqueología ha rescatado el eco material de aquel miedo y aquella devoción —se han hallado ofrendas de alimentos en los tubos volcánicos de Las Cañadas, gestos para apaciguar al genio cuando la montaña temblaba—. Hoy Guayota es uno de los grandes iconos del imaginario canario: da nombre a marcas, cervezas, grupos y rutas, protagoniza ilustraciones y novelas, y cada vez que el Teide aparece coronado de nubes hay quien recuerda, medio en broma medio en serio, que ahí abajo sigue encerrado el viejo señor del fuego.
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