Madre e hija, oráculo y juez: las dos mujeres sabias que gobernaron el alma de Fuerteventura antes de la conquista.
Tibiabín y Tamonante fueron dos mujeres mahas de Fuerteventura —madre e hija, según el cronista Abreu Galindo— que ejercían como sacerdotisas, juezas y profetisas entre el pueblo maho a finales del siglo XIV y comienzos del XV. Tibiabín dirigía las ceremonias religiosas y vaticinaba el porvenir, hasta el punto de que se la veneraba casi como a una diosa; Tamonante impartía justicia y mediaba en los conflictos entre los jefes tribales. Encarnan una autoridad espiritual femenina poco común en el mundo aborigen canario, conocida solo a través de los cronistas del siglo XVI.

En la Fuerteventura anterior a la conquista —la isla que los cronistas normandos llamaron Erbania— el territorio maho estaba partido en dos reinos separados por una pared de piedra que lo cruzaba de costa a costa: Maxorata, al norte, bajo el rey Guize, y Jandía, al sur, bajo el rey Ayose. Por encima de esa frontera política y de los caudillos enfrentados, la tradición sitúa a dos mujeres a las que el pueblo maho atribuía un saber que venía del cielo: Tibiabín y su hija Tamonante. No eran reinas ni guerreras, sino algo más raro y más alto en aquella sociedad: la voz que ordenaba lo sagrado y lo justo. Conviene aclarar de entrada una confusión habitual: Maxorata es el nombre del reino del norte, no de la hija; la pareja que la tradición recoge es Tibiabín y Tamonante.
Las dos repartían un magisterio complementario. A Tibiabín le correspondía dirigir las ceremonias religiosas y profetizar; era la mediadora entre los mahos y lo invisible, y los cronistas dejan entrever que se la veneraba casi como a una diosa. A Tamonante le tocaba regir las cosas de la justicia: actuaba como árbitro en las disputas entre los distintos jefes tribales, una especie de tribunal moral cuya palabra se acataba por encima de los reyes. La filología moderna ha notado que sus nombres parecen títulos de raíz bereber más que nombres propios; estudiosos como Juan Álvarez Delgado o Ignacio Reyes han propuesto lecturas como 'la que reza o recita' para Tibiabín y 'la que gobierna' o 'la que sabe leer' para Tamonante, en línea con figuras sacerdotales norteafricanas. La tradición más célebre cuenta que ambas anunciaron la llegada por mar de gentes extrañas y aconsejaron a los reyes recibirlas en paz; los cronistas ligan esa profecía a la rendición de Guize y Ayose ante los conquistadores. Hay que decirlo con cautela: relatos casi idénticos de profecías que 'anuncian' la conquista aparecen en varias islas, y bien pudieron ser construidos o reinterpretados por los propios cronistas cristianos.
Todo lo que sabemos de ellas llega filtrado por plumas tardías y ajenas. Sus nombres no figuran en las crónicas de la conquista misma —el Le Canarien, que sí registra la isla con el nombre de Erbania—, sino décadas después, en los relatos del ingeniero Leonardo Torriani y de Juan de Abreu Galindo, ya a finales del siglo XVI, recogiendo tradición oral isleña. Eso obliga a tratarlas como figuras semilegendarias más que como personajes históricos plenamente documentados. Aun así, su recuerdo pervive con fuerza en la Fuerteventura actual: dan nombre a calles, centros y certámenes, son referente de la memoria identitaria majorera y se las invoca como símbolo de una autoridad femenina, sabia y conciliadora. Su mundo espiritual sigue siendo legible sobre el terreno en la montaña sagrada de Tindaya, con sus cientos de grabados podomorfos, y en los restos de los efequenes, los recintos circulares de culto del pueblo maho.
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