El dios masculino de los bimbaches, al que los hombres del Hierro rogaban la lluvia ante dos peñascos sagrados de la isla.
Eraoranzan era la divinidad masculina de los bimbaches, el pueblo aborigen de El Hierro. Formaba pareja con Moneiba, la diosa femenina: a él rezaban los hombres y a ella las mujeres. Según la tradición recogida por el cronista fray Juan de Abreu Galindo, no era un ídolo de materia, sino una presencia que los herreños situaban en dos grandes peñascos del paraje de Bentaica, hoy llamado los Santillos de los Antiguos.

Eraoranzan —también escrito Eraorahan o Eraorazan según la fuente— era el dios masculino de los bimbaches, los antiguos pobladores de El Hierro. La religión herreña se organizaba en torno a una pareja divina complementaria: Eraoranzan, principio masculino al que rendían culto los hombres, y Moneiba, principio femenino venerado por las mujeres. Conviene subrayar que es una mitología insular propia: cada isla aborigen tenía su panteón, y Eraoranzan no debe confundirse con el Achamán de los guanches de Tenerife ni con el Acorán de los antiguos canarios de Gran Canaria. La principal fuente que conservamos es el franciscano fray Juan de Abreu Galindo, cuya crónica de finales del siglo XVI recogió, ya pasada la conquista, lo que quedaba de aquella tradición; por eso toda lectura debe hacerse con prudencia, sabiendo que llega filtrada por la mirada de los cronistas coloniales.
Según Abreu Galindo, los naturales de El Hierro adoraban a dos dioses ídolos que imaginaban macho y hembra, y al macho lo llamaban Eraoranzan. No eran imágenes de madera ni de piedra labrada, sino una presencia que situaban en ‘dos peñascos cumplidos a manera de mojones’, en un término llamado Bentaica que más tarde se conoció como los Santillos de los Antiguos, en el sur de la isla. El culto era esencialmente propiciatorio y ligado a la supervivencia en una tierra seca y volcánica: se pedía buen tiempo, lluvia y pasto para el ganado. En tiempos de sequía, cuenta la crónica, los bimbaches se congregaban con sus rebaños alrededor de aquellos peñascos y ayunaban tres días, llorando de hambre mientras el ganado balaba sin comer; creían que aquellos balidos conmovían a las divinidades y las movían a enviar el agua. Si las súplicas no bastaban, recurrían a una figura distinta, Aranfaybo, un genio mediador con forma de cerdo al que un ‘hombre santo’ iba a invocar a una cueva llamada Asteheyta, en el paraje de Tacuytunta; los cronistas cristianos lo tacharon de ‘demonio’, pero su papel en la tradición parece haber sido el de intercesor benéfico que traía la lluvia.
Hoy Eraoranzan pervive sobre todo como memoria cultural y toponímica. El paraje de los Santillos de los Antiguos, en el municipio de El Pinar, al oeste de la montaña de Tembárjena, sigue señalando el lugar donde la tradición situaba la morada terrenal de la pareja divina, y es uno de los enclaves de patrimonio aborigen más evocadores de El Hierro. La figura se ha incorporado además al imaginario identitario herreño y a la divulgación etnográfica canaria, donde Eraoranzan y Moneiba aparecen como símbolo de una espiritualidad insular volcada en el agua, el bien más escaso y sagrado de la isla. No por casualidad la cultura bimbache giraba alrededor de ese mismo anhelo: el mítico árbol Garoé —el ‘árbol santo’ que condensaba la niebla de los alisios en agua— encarna la misma obsesión por la lluvia que movía los ritos de Bentaica. Entre los peñascos de Eraoranzan y las hojas del Garoé se dibuja, en suma, el alma de un pueblo que aprendió a rezarle al cielo en una tierra sin ríos.
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