Fallece Rafael Inglott, pionero de la psiquiatría comunitaria en Canarias
El psiquiatra Rafael Inglott, principal artífice de la reconversión de la red de salud mental en Canarias y del progresivo cierre de los antiguos manicomios insulares, falleció el sábado 25 de julio de 2026 a una edad no revelada por la familia. Su desaparición deja un legado determinante en la modernización de la atención psiquiátrica del archipiélago, al haber impulsado desde los años ochenta un modelo que prioriza la integración del paciente en su entorno frente al internamiento perpetuo.
En este artículo10
- Una vocación precoz marcada por la compasión
- La transformación del manicomio en hospital de agudos
- El cierre de los antiguos manicomios y sus controversias
- El legado del PAIME: cuidar a quienes cuidan
- Reconocimientos institucionales y última etapa
- La psiquiatría canaria ante el vacío del referente
- Una mirada al presente de la salud mental en Canarias
- El factor humano como eje de su práctica
- Salud mental y farmacias: un recurso diario
- Un homenaje íntimo y un archipiélago que no olvida
Una vocación precoz marcada por la compasión
El propio Inglott relató en una entrevista difundida por el Colegio Oficial de Médicos de Las Palmas que su decisión de dedicarse a la psiquiatría nació a los once años, al escuchar el testimonio de un sacerdote español que socorrió a víctimas del bombardeo atómico de Nagasaki. Aquella narración sembró en él una profunda voluntad de aliviar el sufrimiento humano, visible e invisible, que le llevaría a estudiar Medicina en la Universidad de La Laguna y a especializarse posteriormente en psiquiatría.
Según confesó en aquella misma conversación, los momentos más gratificantes de su carrera fueron «ser testigo de la autonomía de sus pacientes, cómo se relacionaron entre sí, crearon una asociación y hoy gozan de autonomía plena», en referencia a la Asociación Canaria de Integración de Salud Mental Espiral, germen de un nuevo paradigma en el que la institución psiquiátrica dejaba de ser un depósito para convertirse en un trampolín hacia la vida en comunidad.
La transformación del manicomio en hospital de agudos
Rafael Inglott asumió la dirección del Hospital Psiquiátrico de Gran Canaria, dependiente del Servicio Canario de la Salud, en un momento en que la institución encarnaba el modelo asilar heredado del siglo XIX. Con el respaldo de una nueva generación de profesionales y de las incipientes corrientes de desinstitucionalización que emergían en Europa, impulsó un vuelco radical: en lugar de engordar crónicamente las listas de internados, se apostó por unidades de agudos en el Hospital Insular –creadas ya en los años setenta como experiencia pionera–, consultas ambulatorias y equipos de salud mental integrados en los centros de salud comunitarios.
Este proceso, que se extendió durante las décadas de los ochenta y noventa, supuso pasar de un sistema que recluía a los enfermos de por vida a otro que proporcionaba intervención temprana, tratamiento farmacológico ajustado y seguimiento en el entorno del paciente. La descongestión del hospital permitió humanizar la atención de los casos más graves y reservar el internamiento para situaciones de descompensación aguda, con una estancia media limitada.
Inglott dio un vuelco a la asistencia cuando en los años setenta la psiquiatría aún arrastraba el lastre de los grandes recintos de reclusión. En aquella década, siendo joven facultativo, colaboró en la creación de la unidad de agudos del Hospital Insular de Gran Canaria, un recurso que por primera vez integraba la salud mental en un hospital general, rompiendo el estigma del aislamiento.
El antiguo Hospital Psiquiátrico, situado en las afueras de Las Palmas de Gran Canaria, era conocido popularmente como “el manicomio” y albergaba a cientos de pacientes en largas estancias que a menudo se convertían en permanentes. El equipo liderado por Inglott redujo progresivamente el censo de internos, derivando a muchos a pisos tutelados y a los centros de salud mental que se fueron abriendo en los municipios de la isla. Este proceso, que arrancó tímidamente en 1985 y se aceleró en los noventa, estuvo acompañado de una fuerte inversión en formación del personal de enfermería psiquiátrica y en la contratación de psicólogos y trabajadores sociales.
Tras la entrada en vigor de la Ley General de Sanidad en 1986, que abogaba por la integración de la psiquiatría en el sistema general de salud, el Servicio Canario de la Salud encargó a Inglott el pilotaje del plan de reordenación de los recursos de Las Palmas. A partir de ese momento, su figura se convirtió en sinónimo de reforma en todo el archipiélago.
El cierre de los antiguos manicomios y sus controversias
El desplazamiento del eje asistencial desde los grandes pabellones hacia la comunidad implicó el cierre paulatino de los viejos manicomios, una medida que Inglott defendió con firmeza. «El conocimiento científico debe ser puesto al servicio de la mayoría de los pacientes», solía repetir, en una máxima que sintetizaba su convicción de que la psiquiatría no podía perpetuar el aislamiento. Sin embargo, como él mismo reconoció en sus intervenciones públicas, la transformación no estuvo exenta de polémica: la insuficiente inversión en recursos extrahospitalarios –centros de día, talleres ocupacionales, pisos tutelados– dejó a muchas familias sobrecargadas y a algunos enfermos en situación de desamparo.
Aquel debate social, lejos de extinguirse, sigue hoy abierto. La memoria de Inglott lo enmarca en un equilibrio complejo: por un lado, la certeza de que el manicomio cronificaba y despersonalizaba; por otro, la evidencia de que la reinserción requiere una red de apoyos que, en ocasiones, no llegó a tejerse con la suficiente solidez.
El legado del PAIME: cuidar a quienes cuidan
Además de su labor hospitalaria, Rafael Inglott desempeñó un papel crucial en la protección de la salud mental de sus propios compañeros. El Colegio Oficial de Médicos de Las Palmas le nombró primer director del Programa de Atención Integral al Médico Enfermo (PAIME), un dispositivo pionero en España que ofrece tratamiento especializado a facultativos que enfrentan problemas psicológicos, burnout o adicciones, garantizando el anonimato y el respaldo de la institución colegial.
En aquel cometido, Inglott admitió haber conocido «el grado de sufrimiento insospechado, de aislamiento social y soledad en la que se ven muchos de mis compañeros». El PAIME, que posteriormente se extendió a otros colegios profesionales y sirvió de modelo para iniciativas similares en el ámbito jurídico y de la enfermería, representa hoy uno de los pilares más sólidos de su herencia.
La gestación del programa, que se remonta a finales de los años noventa en Las Palmas, supuso un hito en la cultura colegial: por primera vez se reconocía abiertamente la vulnerabilidad del profesional y se ofrecían recursos para tratarla sin estigmatizar. Inglott supervisó personalmente los primeros casos y diseñó los protocolos de derivación que luego se replicarían en otras provincias.
Reconocimientos institucionales y última etapa
La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria distinguió a Rafael Inglott en 2019 con el título de Hijo Predilecto, máxima distinción municipal que reconoce trayectorias vecinales de servicio público. El acta del pleno del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria subrayó entonces «su compromiso indeleble con la salud mental de la población y su contribución a la modernización de la asistencia psiquiátrica en las islas».
En los años anteriores, ya jubilado de la gestión pública, Inglott mantuvo una presencia activa en el debate a través de columnas de opinión y de su participación en el programa “Después del virus”, donde analizó el impacto del confinamiento por la COVID-19 sobre la salud emocional de los canarios. Amante de la mitología clásica –solía afirmar que los dolores y pasiones humanas eran, en esencia, eternos–, no cejó en reivindicar que la psiquiatría debe conjugar ciencia, humanismo y divulgación.
La psiquiatría canaria ante el vacío del referente
La noticia de su muerte ha conmocionado a la comunidad sanitaria. Aunque hasta el cierre de esta edición no se habían convocado homenajes oficiales, diversas voces del ámbito médico han expresado en redes profesionales su pesar y han resaltado la dimensión del legado de Inglott. Para los actuales responsables de la salud mental en Canarias, su figura simboliza el tránsito de una psiquiatría punitiva y custodial a otra orientada a la recuperación y los derechos del paciente.
El director del Servicio Canario de la Salud, en declaraciones recogidas por fuentes del Gobierno de Canarias, recordó que «la semilla que plantó Inglott se ha convertido en un bosque de recursos comunitarios que hoy atienden a miles de usuarios con un enfoque biopsicosocial». Sin embargo, la misma fuente reconoció que «aún queda mucho por hacer para completar el mapa asistencial que él soñó».
Una mirada al presente de la salud mental en Canarias
Datos del Informe del Sistema Nacional de Salud, publicados por el Ministerio de Sanidad en 2025, sitúan a Canarias entre las comunidades con mayor prevalencia de trastornos de ansiedad y depresión, con una tasa de 12,4 casos por cada mil habitantes. La red pública de atención está integrada por 18 centros de salud mental comunitaria, tres hospitales de día y dos unidades de media estancia, además de los recursos infanto-juveniles. No obstante, la lista de espera para una primera consulta ronda los 45 días en las áreas de Gran Canaria y Tenerife, un déficit que exige acelerar el plan de salud mental 2023-2026 diseñado por la Consejería de Sanidad.
En este contexto, el modelo que Rafael Inglott impulsó sigue siendo la brújula: las asociaciones de familiares y usuarios mantienen viva la reivindicación de más profesionales, más pisos supervisados y más programas de empleo con apoyo, tres engranajes que, en su día, el psiquiatra consideró imprescindibles para que la vida en comunidad no fuera un simple eufemismo.
El factor humano como eje de su práctica
Quienes trabajaron con él destacan su capacidad para escuchar sin prisas y su rechazo a la jerarquía clínica que sitúa al especialista por encima del paciente. «Nos enseñó que el diagnóstico no es una etiqueta, sino una hipótesis de trabajo que debe ser revisada con el propio enfermo» relató un antiguo colega en una conversación informal, preferiblemente anónima. De ahí su insistencia en la democratización del saber psiquiátrico, una herramienta que, en sus palabras, debía estar al alcance de las mayorías y no solo de los despachos académicos.
Esa filosofía le llevó a colaborar con medios de comunicación en los que trató de desterrar mitos sobre la enfermedad mental y a prestar su imagen para campañas de sensibilización. Su adiós deja sin referente a una corriente que, en la tradición de la llamada «psiquiatría crítica», entiende que la principal terapia es, a menudo, devolver la dignidad que la sociedad arrebata.
Salud mental y farmacias: un recurso diario
En el día a día de miles de canarios, el contacto con la salud mental pasa también por la red de oficinas de farmacia, que garantizan la dispensación de psicofármacos según receta y ofrecen un primer escalón de adherencia terapéutica. Quienes necesiten localizar un establecimiento en horario extendido pueden consultar las farmacias de guardia en Canarias en cualquier isla del archipiélago.
Un homenaje íntimo y un archipiélago que no olvida
La familia de Rafael Inglott, que ha optado por mantener la intimidad en estos momentos, prevé una ceremonia privada en los próximos días. Mientras tanto, en Gran Canaria se suceden las muestras de afecto espontáneas: compañeros del antiguo Hospital Psiquiátrico, pacientes que le recuerdan y ciudadanos anónimos que se acercaron a su consulta en alguna ocasión llenan las redes sociales con anécdotas y agradecimientos. El Colegio de Médicos de Las Palmas, a través de un comunicado interno, ha expresado «el profundo agradecimiento de la profesión a un hombre que dedicó su vida a sanar las heridas del alma».
Su muerte, ocurrida en pleno verano, cierra el capítulo de una generación que se atrevió a cambiar la realidad de los más vulnerables. Para los que ahora ocupan los despachos de los centros de salud mental, la tarea es continuar aquella senda que él abrió en el mapa de las neuronas, donde, como en la vida, no hay caminos inamovibles cuando la humanidad guía los pasos.
