El corsario tinerfeño que amasó una fortuna en la Carrera de Indias y se convirtió en la mayor leyenda marinera de Canarias.
Amaro Pargo encarna el momento en que Tenerife era una escala clave entre Europa y América. Su biografía documentada —el comercio en la Carrera de Indias, los préstamos a particulares, la patente de corso de 1711 y la hidalguía certificada en 1725— retrata a un canario que prosperó dentro del sistema atlántico de su época, no a un forajido. Distinguir al comerciante corsario del pirata romántico es entender de verdad el siglo XVIII insular.
Su huella sigue viva en La Laguna y El Rosario. Reposa en la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, donde su lápida luce el escudo familiar con una calavera: un símbolo funerario de la época —que sustituía a la cruz— y que la imaginación popular confundió con la enseña pirata. Su financiación de obras religiosas y su devoción a la monja Sor María de Jesús, cuyo sepulcro costeó, lo convirtieron en un benefactor recordado.
La leyenda del tesoro escondido lo proyectó mucho más allá de la historia. Su exhumación en 2013, financiada por Ubisoft para promocionar un videojuego, la ruta de la Casa del Pirata en Machado y los relatos sobre riquezas ocultas mantienen a Amaro Pargo como el gran mito marinero de Canarias, un imán para quienes buscan la frontera entre lo documentado y lo legendario.
Amaro Rodríguez Felipe nace en San Cristóbal de La Laguna, en una familia tinerfeña acomodada. De joven se embarca y llega a ejercer de capitán y maestre en travesías atlánticas.
Obtiene patente de corso expedida en nombre de Felipe V, que le autoriza a atacar barcos enemigos de forma legal al servicio de la Corona durante la guerra de Sucesión española.
Captura el navío mercante inglés Saint Joseph; un documento de abril de 1712 acredita el apresamiento, uno de los episodios que cimentaron su fama y su fortuna.
Es declarado caballero hijodalgo; en enero de 1727 obtiene en Madrid la certificación de Nobleza y Armas que confirma su ascenso social.
Costea el sepulcro de la monja dominica Sor María de Jesús, a la que profesaba gran devoción; ese año recibe una de las llaves de su sepultura en reconocimiento a su afecto.
Adquiere por escritura pública la finca de Machado, en el actual municipio de El Rosario, con vistas a la costa: hoy es la conocida Casa del Pirata.
Fallece a los 69 años y es enterrado en la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, bajo una lápida con el escudo familiar y una calavera.
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