El ingeniero portuense de la Ilustración que fundó la enseñanza moderna de la ingeniería en España y sirvió al zar en Rusia.
Betancourt encarna como pocos el espíritu cosmopolita de la Ilustración. Formado entre Madrid, París y Londres, fue a la vez inventor, mecánico y organizador del Estado: dirigió el Real Gabinete de Máquinas del Retiro, levantó hacia 1799-1800 la primera línea de telégrafo óptico española entre Madrid y Aranjuez y, sobre todo, impulsó en 1802 los estudios que darían lugar a la Escuela de Caminos y Canales, germen de la actual ingeniería civil española. Su tratado 'Ensayo sobre la composición de las máquinas' (1808), escrito con José María de Lanz, se convirtió en manual de referencia en buena parte de Europa.
Cuando la invasión napoleónica truncó su carrera en España, Betancourt se trasladó a Rusia, donde el zar Alejandro I lo integró en el cuerpo de vías de comunicación y lo elevó a teniente general. Allí dejó una huella monumental: el Picadero de Moscú, los andamiajes para la columna de Alejandro y la catedral de San Isaac, la feria de Nizhni Nóvgorod, la modernización de la fábrica de armas de Tula y los primeros pasos de la navegación a vapor por el Volga. Murió en San Petersburgo en 1824 sin haber regresado a su isla.
En Canarias su memoria ha ganado peso en las últimas décadas. Puerto de la Cruz, su pueblo natal, conserva calle y memoria del ingeniero, y en 2018 lo nombró hijo predilecto; el Cabildo de Tenerife lo declaró hijo ilustre ese mismo año. El Museo de la Ciencia y el Cosmos de La Laguna le dedica una plaza con réplicas de su telégrafo, y en 2025 la estación marítima de Santa Cruz pasó a llevar su nombre. Sigue siendo el embajador científico más universal que han dado las islas.
Viene al mundo el 1 de febrero en el Puerto de la Cruz, en el seno de una familia acomodada cuyo apellido se remontaba al normando Jean de Béthencourt, vinculado a la conquista de Canarias.
El 29 de noviembre, ante la Corte, eleva por primera vez en España un globo aerostático, en plena fiebre europea por los ensayos de los hermanos Montgolfier.
Reúne en el Retiro de Madrid modelos, planos y memorias de las máquinas más avanzadas, fruto de sus misiones de estudio en París y Londres.
Tras la aprobación real de 1799, pone en servicio en agosto de 1800 la línea de telegrafía óptica entre Madrid y Aranjuez, con torres en el cerro de los Ángeles, Valdemoro y el cerro del Parnaso.
Crea en Madrid los estudios del cuerpo de ingenieros de caminos, que en 1803 pasan a llamarse Escuela de Caminos y Canales, origen de la actual ingeniería civil.
Tras la invasión napoleónica deja España; publica el 'Ensayo sobre la composición de las máquinas' y entra al servicio del zar Alejandro I.
Fallece el 14 de julio como teniente general y director del Departamento de Vías de Comunicación del Imperio ruso, sin haber vuelto a Tenerife.
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