El cigarro hecho a mano que los indianos trajeron de Cuba y La Palma convirtió en oficio propio.
El puro canario por excelencia es el puro palmero: un cigarro liado enteramente a mano en La Palma, con epicentro en Breña Alta. Nació en el siglo XIX, cuando los emigrantes retornados de Cuba —los indianos— trajeron a la isla las semillas, la chaveta y el arte de liar. Hoy se elabora con hoja de la propia isla mezclada con tabaco de Cuba, República Dominicana o Nicaragua, y está considerado uno de los grandes puros artesanales del mundo.

El puro palmero es la respuesta de Canarias a Cuba, pero con acento propio. Su identidad no está en una marca, sino en un gesto heredado: el de los pocos chinchales —los pequeños talleres familiares de Breña Alta— donde un purero sigue liando hoja a hoja sobre una tabla de madera, casi como hace siglo y medio. No es tabaco de fábrica ni de máquina: es un cigarro de pueblo, lento y natural, donde cada pieza sale ligeramente distinta de la anterior. Esa singularidad —cada puro es único— es justo lo que lo eleva de producto a oficio.
Todo empezó con los indianos. A partir de mediados del siglo XIX, muchos palmeros emigraron a las vegas tabaqueras de Cuba como vegueros y volvieron a la isla con las mejores semillas, el arte de la mezcla y el manejo de la chaveta, el cuchillo en forma de media luna con el que se recorta la capa. El cultivo prendió en las medianías de Breña Alta gracias a su microclima, y de allí salió un tabaco tan apreciado que llegó a presentarse en exposiciones universales (París y Filadelfia). El puro se lía con tres elementos: la tripa (el corazón de hoja), el capote que la envuelve y la capa exterior, combinados según la receta de cada casa con tabaco isleño y de Cuba, República Dominicana o Nicaragua.
Disfrutar un puro palmero es asomarse a una tradición que estuvo a punto de apagarse: el moho azul arrasó las plantaciones de La Palma —se cita 1967 como el golpe definitivo— y arruinó a buena parte de los chinchales, hasta el punto de que el cultivo nunca recuperó su antigua dimensión y hoy se reduce a unas pocas hectáreas en la Breña. Por eso merece la pena buscar el auténtico, hecho a mano en la isla, y no un cigarro industrial cualquiera. Forma parte del mismo universo cultural que la fiesta de Los Indianos, esa explosión de blanco y polvos de talco con la que cada Carnaval La Palma rinde homenaje a quienes volvieron de Cuba. Encenderlo es, en cierto modo, fumarse un trozo de esa historia.
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