El licor dulce que casa el ron canario con miel de abeja de verdad, amparado por la Denominación Geográfica «Ronmiel de Canarias».
El ron miel de Canarias es un licor de color ámbar a caoba elaborado a partir de ron y aguardiente de caña con un mínimo del 2 % en volumen de miel de abeja, lo que le da su carácter dulce y aterciopelado. Se elabora solo en las islas y está amparado por la Denominación Geográfica «Ronmiel de Canarias», cuyo reglamento se ratificó en el BOE en 2006 y quedó inscrita como indicación geográfica europea en 2008. No debe confundirse con la miel de palma, que es savia de palmera reducida y no lleva abejas.

El ron miel hunde sus raíces en la tradición ronera que en Canarias arranca con los ingenios azucareros y se vuelve reconocible a finales del siglo XIX en Arucas, donde el 9 de agosto de 1884 abrió la Fábrica de San Pedro, germen de las actuales Destilerías Arehucas. Su identidad está fijada por ley: la Denominación Geográfica «Ronmiel de Canarias», cuyo reglamento se ratificó en el Boletín Oficial del Estado en 2006 y quedó inscrita como indicación geográfica europea en 2008. Esa norma traza la frontera que lo separa de cualquier ron al que se eche miel por encima: solo puede llamarse así si se elabora en el archipiélago y lleva como mínimo un 2 % en volumen de miel de abeja.
Se construye sobre una base de ron, aguardiente o destilados de caña y de melaza de caña, a la que se suman agua potable filtrada, azúcar (un mínimo de 200 gramos por litro), extractos vegetales naturales y esa miel de abeja obligatoria. La mezcla se ajusta y reposa bajo controles de calidad hasta alcanzar una graduación final de entre 20 y 30 grados, mucho más suave que un ron seco. El resultado es un líquido limpio y brillante, del oro viejo al caoba intenso, de aroma caramelizado y un perfil en el que el diálogo entre la miel y el ron se reconoce con claridad. Casas históricas como Arehucas y Artemi —fundada en 1940 en Telde por Felipe Quintana e integrada en el grupo Arehucas desde 2005— figuran entre sus elaboradores.
Se disfruta sobre todo como digestivo: muy frío, en vaso corto o de chupito, al cerrar una comida, y es uno de los recuerdos líquidos más típicos que el visitante se lleva de las islas. También cae redondo con hielo y una rodaja de limón, o como ingrediente goloso de cócteles y de postres. Su carácter dulce y meloso lo hace amable incluso para quien no es de licores fuertes, y su anclaje en una denominación propia —en la órbita del gofio o el plátano de Canarias como producto de calidad diferenciada— lo convierte en un bocado de identidad más que en un souvenir cualquiera.
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