Solo Atlántico y sol: el mar evaporado a mano en salinas centenarias asomadas al océano.
La sal marina canaria se obtiene evaporando agua del Atlántico al sol y al viento en salinas tradicionales construidas sobre la costa. Sus dos referentes son las Salinas de Janubio, en Lanzarote, las mayores del archipiélago, y las Salinas de Fuencaliente, en La Palma, hoy la única salina activa de la provincia de Santa Cruz de Tenerife. La distingue su elaboración artesanal, sin refinar ni aditivos, y su joya gourmet: la flor de sal, recogida a mano al amanecer.

La sal marina canaria es el resultado de un gesto antiguo y sencillo: dejar que el sol y el viento evaporen agua del Atlántico hasta que cristaliza la sal. No se extrae de minas ni se refina; se cosecha a mano, con rastrillos y palas, en charcas de piedra y barro abiertas al mar. Su identidad es doble. En Lanzarote, las Salinas de Janubio fueron fundadas en 1895 por Vicente Lleó Benlliure y son las mayores de Canarias, al pie del paisaje volcánico de Timanfaya; el espacio que las rodea está protegido como Sitio de Interés Científico, forma parte de la zona núcleo de la Reserva de la Biosfera de Lanzarote (UNESCO, 1993) y es refugio de más de setenta especies de aves migratorias. En La Palma, las Salinas de Fuencaliente, activas desde 1967, son hoy la única salina en funcionamiento de la provincia de Santa Cruz de Tenerife.
El proceso sigue el ritmo del clima, no de la máquina. El agua de mar entra en grandes balsas o cocederos, donde el sol y el aire seco la van concentrando durante semanas hasta que la sal precipita en los cristalizadores; en Fuencaliente la concentración salina sube de unos 36 gramos por litro a cerca de 290 antes de cosechar. La recolección es manual y estacional, principalmente entre mayo y octubre, cuando más aprieta el sol. La pieza más delicada es la flor de sal: una finísima nata de cristales que se forma en la superficie con el contraste de temperatura entre el día y la noche y se recoge a mano, al amanecer. Es producción limitada y se seca después con cuidado para conservar sus minerales.
En la mesa, esta sal pide protagonismo al final. La flor de sal no se cocina: se espolvorea en crudo sobre el plato ya terminado, donde sus escamas crujen y aportan un sabor marino menos agresivo que la sal común. Brilla sobre una carne roja recién hecha, un buen pescado, un huevo frito, un tomate aliñado o, sorprendentemente, sobre chocolate negro. Es, además, un producto con sello: la flor de sal de Janubio acumula medallas de oro en el Concurso Oficial Agrocanarias de Sal Marina del Gobierno de Canarias, y la sal Teneguía de Fuencaliente se exporta a Alemania y Austria. Comprar un bote es llevarse paisaje, oficio centenario y el Atlántico hecho cristal.
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