El vino del fin del mundo: cepas a pie franco que la filoxera nunca alcanzó, en la isla más pequeña y remota de Canarias.
El Vino de El Hierro (DOP El Hierro, reconocida como denominación de origen en 1994) se elabora en una de las zonas vitícolas más pequeñas y aisladas de Europa: en torno a 200 hectáreas repartidas por toda la isla. Su seña de identidad es el verijadiego (vijariego blanco), una uva blanca canaria, junto al listán y el baboso, sobre suelos volcánicos que la filoxera nunca alcanzó: las cepas crecen a pie franco, sin injertar. Predomina el blanco —seco, semiseco y dulce—, con tintos y rosados muy minoritarios.

El viñedo de El Hierro es viticultura al límite. En la isla más pequeña y occidental de Canarias, la más alejada de todo, las cepas se reparten en bancales y laderas entre el nivel del mar y los 700 metros, con pendientes que en muchas parcelas superan el 30%. No hay un paisaje único de hoyos como en La Geria, sino el otro extremo del heroísmo: parcelas diminutas asomadas al Atlántico, batidas por los alisios y la salinidad del mar, sobre suelos volcánicos arenosos. Las zonas productoras se concentran en el Valle del Golfo, Sabinosa, Echedo y El Pinar. Lo verdaderamente excepcional vive bajo tierra: la filoxera nunca llegó a la isla, de modo que las viñas crecen a pie franco, sin injertar en patrón americano, y conservan cepas viejas que en el resto de Europa desaparecieron a finales del siglo XIX.
La uva emblema es el verijadiego —el nombre que aquí recibe el vijariego blanco—, una variedad blanca canaria de mucha personalidad que se acompaña de listán blanco, baboso blanco, gual, bermejuelo y pedro ximénez. En tinto, siempre minoritario, mandan el listán negro, el vijariego negro, el baboso negro, el negramoll y la tintilla. El cultivo de la vid en El Hierro se documenta desde 1526; la tradición lo atribuye al inglés John Hill y lo liga en su origen a la destilación de aguardiente con destino a América —Cuba y Venezuela— antes que a la elaboración de vino. La denominación de origen llegó en 1994, un caso peculiar incluso dentro de Canarias por lo reducido del censo; hoy la isla reúne un puñado de bodegas y un par de centenares de viticultores que vinifican cada vez más por variedades, en monovarietales que sacan a la luz lo que cada cepa autóctona puede dar.
Domina el vino blanco —seco, semiseco y dulce—, con tintos y rosados que apenas alcanzan un tercio de la producción. Los blancos de verijadiego y listán son frescos, atlánticos, con un punto salino y mineral que delata el suelo volcánico y la cercanía del mar; los dulces, de uva asoleada, suman notas melosas sin perder esa frescura. Los tintos de baboso negro, escasos por la poca superficie plantada, llegan con fruta madura, especias y un fondo floral. En la mesa herreña piden compañía isleña: un blanco seco junto a las lapas, las viejas o el cherne fresco; un tinto con la carne de cabra o el conejo en salmorejo; el queso herreño y el majorero con su corteza, las papas arrugadas con mojo y el gofio escaldado como contrapunto; y un dulce de postre, con quesadilla herreña o quesillo.
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