La única isla del mundo que cría su vino en pipas de tea, el corazón resinoso del pino canario.
La Palma ampara sus vinos bajo la DOP Vinos La Palma, nacida en 1994 y repartida en tres subzonas: Norte-Vinos de Tea, Hoyo de Mazo-Las Breñas y Fuencaliente-Las Manchas. Da blancos secos frescos, tintos y rosados jóvenes de negramoll, el malvasía dulce ambarino de Fuencaliente y, sobre todo, el singular vino de tea, criado en barricas de madera de pino canario que le imprimen un inconfundible aroma resinoso. Las viñas trepan desde unos 200 metros sobre el mar hasta los 1.200, todas sobre suelo volcánico.

La isla de los volcanes recientes hace vino en sus tres caras y a casi cualquier altura: las viñas de la DOP se reparten entre la subzona Norte-Vinos de Tea, Hoyo de Mazo-Las Breñas al este y Fuencaliente-Las Manchas al sur, cultivadas desde unos 200 hasta los 1.200 metros sobre suelo volcánico. Aquí no hay hoyos de picón como en Lanzarote ni cordón trenzado como en Tenerife: La Palma cultiva en bancales, en pequeñas parcelas familiares colgadas de las laderas, un minifundio heroico que en 2010 reunía cerca de 1.250 viticultores para apenas 736 hectáreas. La filoxera que arrasó Europa nunca llegó a la isla, así que aquí sobreviven variedades ancestrales a pie franco que se perdieron en el continente hace más de tres siglos.
El catálogo de uvas es un pequeño museo vivo. En tinto manda la negramoll, la variedad dominante de la isla (a diferencia del resto del archipiélago, donde reina el listán negro), acompañada en menor proporción de almuñeco, listán prieto, tintilla y castellana. En blanco conviven malvasía, gual, verdello, albillo, listán blanco, bujariego, sabro o moscatel. El malvasía dulce de Fuencaliente se elabora dejando que la uva se pasifique al sol para concentrar el azúcar, y da un vino ambarino de aromas a fruta seca. Pero la joya es el vino de tea, exclusivo de la subzona Norte (Garafía, Puntagorda y Tijarafe): como allí nunca hubo robles ni castaños, los campesinos labraron sus propias pipas con la tea, el duramen resinoso del pino canario.
El vino de tea es una rareza enológica que no se da en ningún otro lugar del mundo. La madera de pino cede al vino un compuesto volátil, el alfa-terpineol, responsable de ese fondo mentolado y resinoso tan característico, integrado con notas frutales y herbáceas sin tapar la fruta. Puede ser blanco, rosado o tinto; el tinto es de capa ligera, rojo cereza con ribetes teja, y ronda los 11 a 14 grados. Se le compara a veces con la retsina griega, pero el parecido es solo de aroma: el griego añade resina a la barrica, mientras que el palmero la toma de la propia madera del pino. A mesa pide producto isleño: queso palmero ahumado, carne de cabra, conejo en salmorejo o un buen plato de papas arrugadas con mojo. Los blancos y rosados jóvenes, frescos y ligeros, casan con el pescado fresco, las lapas y el gofio escaldado; el malvasía dulce cierra de maravilla con un postre o con quesos curados.
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