La isla con más Denominaciones de Origen de Canarias: cinco DOP, viñas prefiloxéricas a pie franco y el cordón trenzado de La Orotava, único en el mundo.
Tenerife es la isla vitícola más diversa de Canarias, con cinco Denominaciones de Origen Protegidas —Tacoronte-Acentejo, Valle de la Orotava, Ycoden-Daute-Isora, Valle de Güímar y Abona— repartidas por las faldas volcánicas del Teide. Sobre la listán negro y la listán blanco, y con joyas como malvasía, negramoll o marmajuelo, nacen tintos tensos, blancos minerales y dulces históricos. El rasgo distintivo: viñas de pie franco que la filoxera nunca tocó y, en el Valle de la Orotava, el cordón trenzado, un sistema de conducción que trenza a mano los brazos de la cepa, único en el mundo.

Ninguna otra isla del archipiélago concentra tanta variedad como Tenerife: cinco Denominaciones de Origen repartidas entre el norte húmedo y verde (Tacoronte-Acentejo, Valle de la Orotava, Ycoden-Daute-Isora) y el sur seco y luminoso (Valle de Güímar y Abona), con el viñedo trepando por las faldas del Teide. La cota alcanza extremos europeos: en la DOP Abona, los viñedos se escalonan desde la costa hasta cerca de los 1.700 metros, y los de Vilaflor —entre 1.100 y 1.600 metros— están entre los más altos de Europa. El suelo manda en cada copa: en el norte, cenizas y rocas volcánicas ricas en materia orgánica; en el sur, jable (arenas volcánicas claras) y suelos arenoso-arcillosos. Y por encima de todo, una rareza que el continente perdió: la filoxera nunca llegó a las islas, así que muchas cepas siguen plantadas de pie franco, sin injerto, y algunas son centenarias.
La paleta de uvas es ancha y casi toda autóctona. Manda la listán negro para los tintos y la listán blanco (la palomino jerezana) para los blancos, pero el mosaico incluye negramoll, malvasía, marmajuelo, vijariego, baboso negro, verdello o gual, a menudo conviviendo en las parcelas más viejas. La elaboración conserva gestos heroicos: vendimia a mano en pendientes imposibles —en Taganana se mueve la uva con caballos donde no llega un camino— y, en el Valle de la Orotava, el cordón trenzado, un sistema de conducción único en el mundo en el que los brazos de la cepa se trenzan a mano con sus propios sarmientos; lo habitual son tres o cuatro metros, pero una cepa vieja y vigorosa puede estirarse hasta quince. Hubo un tiempo, entre los siglos XVI y XVIII, en que Tenerife fue de los mayores exportadores de vino de Europa: su malvasía, el legendario «Canary Sack», llegó a las mejores mesas del norte y fue citada por Shakespeare.
¿A qué saben? A volcán. Los tintos de listán negro son frescos, de fruta roja y un punto ahumado y mineral, ligeros y bebibles; los de baboso o vijariego, más serios y estructurados. Los blancos de listán y marmajuelo juegan la tensión, la salinidad y un fondo de piedra y monte bajo, hechos para el Atlántico que los rodea. Y queda el patrimonio dulce: la malvasía, untuosa y de larga crianza. En la mesa canaria piden compañía local: un blanco fresco con lapas, vieja a la espalda o un buen pescado al horno; un tinto joven con carne de cabra, conejo en salmorejo o las papas arrugadas con mojo; y la malvasía dulce con queso —majorero curado o un palmero ahumado— y postres de gofio. Vino de tierra que sabe a su isla.
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