Viñedos de medianía y cumbre que trepan hasta los 1.300 metros, en una isla donde la vid comparte bancal con la huerta y la lava de Bandama.
El Vino de Gran Canaria se ampara en una única DOP, creada en 2005 al fusionar las denominaciones Gran Canaria y Monte Lentiscal. Se elabora en pequeñas parcelas repartidas por las medianías y cumbres de toda la isla, sobre suelos volcánicos. Manda el listán negro (negra común) en tintos jóvenes de color intenso, acompañado de tintilla y vijariego negra; en blancos brillan el moscatel de Alejandría y el listán blanco. Su rasgo distintivo: viñas de altura sobre lava, con el anfiteatro de la Caldera de Bandama y el casco de Monte Lentiscal como corazón histórico, y parcelas de cumbre que rozan los 1.300 metros.

El paisaje del vino grancanario no es un mar de viñas, sino un mosaico de minifundios desperdigados por las medianías y la cumbre, donde la parra comparte bancal con frutales y hortalizas. Las viñas más altas, en torno a Tejeda y Artenara, rozan los 1.300 metros, lo que sitúa a Gran Canaria entre las viticulturas de mayor altitud de España. El núcleo histórico late alrededor de la Caldera de Bandama y el casco de Monte Lentiscal, en Santa Brígida: tierras de picón y ceniza sobre las laderas del último gran cráter de la isla, cuyo nombre llevó su propia denominación de origen hasta fundirse, en 2005, en la actual DOP Gran Canaria.
Sobre unas 250 hectáreas, de las que cerca de 230 están registradas en el Consejo Regulador, conviven más de veinte variedades. En tinto domina el listán negro —aquí llamado negra común—, secundado por tintilla, vijariego negra, negramoll y castellana; en blanco reina el moscatel de Alejandría, junto a vijariego, listán blanco, malvasía, gual, marmajuelo y albillo. La elaboración mantiene un punto artesanal y de pequeña escala: lagares tradicionales, vendimias a mano por la pendiente y bodegas de cumbre como Bentayga, en el entorno del Parque Rural del Nublo por encima de los mil metros, que crían sus vinos en cuevas excavadas en la roca volcánica.
Los tintos de Gran Canaria nacen sobre todo para beberse jóvenes: color intenso, fruta primaria y un trago fresco que pide compañía de mesa. Los blancos, ligeros y muy aromáticos, y los moscateles dulces redondean la carta. Maridan de maravilla con la despensa isleña: un tinto joven con un buen queso de flor de Guía o con carne de cochino, un blanco fresco con pescado de la costa y papas arrugadas con mojo, o el moscatel dulce con quesos curados y postres de gofio. Beberlos donde se hacen —en una bodega de Bandama o de las cumbres de San Bartolomé de Tirajana— es la mejor forma de entender por qué esta viticultura de altura merece el viaje.
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