El balcón de Fuerteventura asomado a África: una atalaya de piedra rojiza sobre el punto de Canarias más cercano al continente.

La estampa lo es todo aquí. El faro se alza en lo alto de la Punta de la Entallada, sobre un cantil de unos 200 metros que cae a plomo sobre el Atlántico. Desde el mirador exterior, el litoral sureste de Fuerteventura se despliega en una sucesión de calas, malpaíses y montañas peladas teñidas de ocre. En los días despejados la mirada se pierde hacia el horizonte sabiendo que África está ahí: este es el punto del archipiélago más próximo al continente, a unas 48 millas del Cabo Juby, apenas un centenar de kilómetros.
La arquitectura sorprende a quien espera una torre convencional. El conjunto se levantó en piedra con sillería roja traída del pueblo de Tetir, en la propia isla, y se organiza en planta de U en torno a un patio interior abierto hacia el centro de Fuerteventura, con la fachada principal mirando al mar. Tres torres cuadrangulares lo componen; la central, de once metros, se remata con una cúpula acristalada que aloja la linterna. Es uno de los últimos grandes faros canarios concebidos para ser habitados, proyectado por el arquitecto Carlos Alcón Sanz y construido por Entrecanales y Távora.
Más allá de orientar a los barcos, esta atalaya tuvo papel aeronáutico: su luz sirvió de referencia en las rutas aéreas entre Gran Canaria y el Sáhara, y guió a los aviones Junkers de uso militar durante el conflicto de Sidi Ifni. La subida hasta el faro, por una carretera estrecha y serpenteante que gana altura sobre el acantilado, es ya parte de la experiencia. Y al caer la tarde la piedra rojiza y los cantiles se encienden de tonos dorados que regalan una de las luces más fotografiadas de la isla.
El faro se levanta sobre la Punta de la Entallada en piedra con sillería roja traída del pueblo de Tetir, en la propia Fuerteventura, según proyecto del arquitecto Carlos Alcón Sanz y obra de la empresa Entrecanales y Távora.
Entra en funcionamiento como uno de los últimos grandes faros canarios concebidos para ser habitados, con tres viviendas en planta baja para los fareros, organizadas en torno a un patio interior.
Su luz no solo guía a los barcos: sirve de referencia en las rutas aéreas entre Gran Canaria y el Sáhara, y orienta a los aviones Junkers de uso militar durante el conflicto de Sidi Ifni.
Señaliza el lugar del archipiélago más próximo a la costa africana, a unas 48 millas del Cabo Juby y a un centenar de kilómetros del continente, frente a un canal de intenso tráfico marítimo.
Como casi todos los faros del litoral, su funcionamiento pasó a ser automático y dejó de necesitar guarda permanente, alimentado por red eléctrica con generador de apoyo.
Convertido en uno de los enclaves panorámicos más célebres de Fuerteventura, suma a su función de señal marítima un mirador sobre el acantilado y la apertura del edificio al público.
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