El faro del fin del mundo: el punto más occidental de España, donde durante siglos arrancaba el meridiano cero y donde el sol se hunde en el Atlántico sin nada delante.

Orchilla es de los pocos lugares de Canarias donde el horizonte está completamente vacío: al oeste no hay más tierra hasta América. Esa soledad geográfica explica su apodo de faro del fin del mundo y convierte la puesta de sol en un espectáculo de manual. La luz cae sobre el Mar de las Calmas y el cielo se incendia en una sucesión de naranjas, rosas, violetas y añiles que muchos sitúan entre los atardeceres más bellos del archipiélago. Cuando la última claridad se apaga, la ausencia de contaminación lumínica abre uno de los mejores cielos estrellados de El Hierro, isla declarada Reserva Starlight.
El faro se asienta sobre un paisaje volcánico crudo: coladas de lava negra de La Dehesa que se despeñan hacia un mar de un azul intenso, sin apenas vegetación que suavice la escena. La torre octogonal, levantada enteramente en piedra de cantería, está considerada uno de los edificios civiles más importantes de la isla. Su altura focal de 132 metros y su destello blanco cada cinco segundos, con un alcance de 24 millas náuticas, siguen guiando a los barcos por una de las costas más solitarias del Atlántico.
La carga histórica es lo que termina de hacerlo único. La tradición geográfica situó en esta punta el borde occidental del mundo conocido, y en 1634 los cartógrafos franceses fijaron aquí el meridiano de origen, el meridiano cero que precedió a Greenwich. Visitar Orchilla es plantarse, casi literalmente, donde antaño empezaba a contarse la longitud del planeta.
Durante siglos, la tradición geográfica situó en esta punta de El Hierro el límite occidental del mundo conocido, una referencia que acompañaría al lugar hasta la época moderna.
Los cartógrafos franceses fijaron en la Punta de Orchilla el meridiano de origen, el meridiano cero que ordenaba la longitud antes de que Greenwich se impusiera como referencia internacional.
Sobre las coladas de lava se levantó la torre octogonal, de unos 25 metros y construida enteramente en piedra de cantería, según proyecto del ingeniero José Herbella.
El faro alumbró por primera vez, con sus primeros torreros al cuidado de la luz en uno de los destinos más aislados del litoral español.
La luz pasó a funcionar de forma automática, poniendo fin a la presencia permanente de fareros en la punta.
Permanece activo con su destello blanco cada cinco segundos y se ha convertido en uno de los lugares más visitados de El Hierro por su atardecer, su cielo estrellado y su simbolismo geográfico.
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