Donde Lanzarote se asoma a Fuerteventura y el sol se hunde en La Bocaina.

El paisaje lo es casi todo. El faro se planta sobre una costa baja de roca volcánica y charcos de marea, sin apenas relieve, de modo que la mirada se va directa al horizonte. Enfrente, al otro lado del estrecho de La Bocaina, se recortan los perfiles de Fuerteventura y del islote de Lobos; cuando el aire está limpio, parecen al alcance de la mano. Es uno de esos lugares donde el silencio, el viento y la línea del mar bastan para justificar la caminata.
Aquí no hay un faro, sino dos, y el contraste es parte del encanto. La torre vieja, encendida en julio de 1866 según el proyecto del ingeniero grancanario Juan de León y Castillo, es un cilindro de sillería basáltica de apenas nueve metros y medio, levantado junto a una casa de planta rectangular; alumbró La Bocaina cerca de ciento veinte años, primero con lámpara de aceite y, en su última etapa, con válvula solar de gas acetileno. A su lado se alza la torre moderna, de unos 50 metros, con el foco a 55 metros sobre el mar y un alcance de 17 millas náuticas. El conjunto está declarado Bien de Interés Cultural desde 2002.
El gran reclamo es la puesta de sol. Al caer la tarde, el sur de Lanzarote se vuelca hacia Pechiguera: la luz raja el cielo sobre el Atlántico, las dos torres se perfilan en contraluz y el horizonte de Fuerteventura se tiñe de naranja. Llegar es sencillo y agradable: un paseo casi llano por el frente marítimo desde Playa Blanca, apto para ir andando, en bici o en coche, con algún chiringuito a pocos minutos para rematar la jornada con una caña frente al mar.
Entra en servicio la torre original, un cilindro de sillería basáltica de apenas nueve metros y medio proyectado por el ingeniero Juan de León y Castillo, con lámpara de aceite, dentro del plan decimonónico para alumbrar las costas de Canarias y señalizar el estrecho de La Bocaina.
Se instala una lámpara Maris, alimentada primero con parafina y después con petróleo, dentro de las sucesivas mejoras del alumbrado a lo largo del siglo.
El faro adopta una válvula solar de gas acetileno, que automatiza el encendido y reduce el mantenimiento de la luz en su última etapa de servicio.
Tras cerca de ciento veinte años de servicio, la torre histórica deja de alumbrar a la espera de su relevo por una instalación moderna.
Junto a la histórica se levanta una nueva torre de unos 50 metros, con el foco a 55 metros sobre el mar, alcance de 17 millas náuticas y funcionamiento automatizado con energía solar.
El 20 de diciembre el conjunto recibe la máxima protección patrimonial como monumento, aunque la torre y la casa originales quedan en desuso, expuestas al desgaste del salitre.
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