El único edificio del islote de Lobos: un faro decimonónico de 1865 que vigila la Bocaina y se gana a pie, cruzando una isla entera casi virgen

El faro es la única construcción oficial de todo el islote de Lobos, y eso explica buena parte de su fuerza. Para llegar hay que cruzar la isla de extremo a extremo, dejando atrás el puertito, las lagunas saladas y las playas del interior, hasta que el terreno se eleva sobre la montaña de Martiño y aparece la torre con su linterna. No hay coches ni asfalto: el camino es ancho y pedregoso, pensado para los pies, y esa ausencia de todo lo demás es justo lo que convierte la estampa final en algo que se recuerda.
Es un faro de manual canario del XIX: un soporte de seis metros adosado a una casa de una planta, levantado sobre una colina del extremo nororiental del islote. El plano focal queda a 29 metros sobre el mar y su luz alcanza catorce millas náuticas, formando triángulo con los faros del Tostón, en El Cotillo, y de Pechiguera, en Lanzarote, para guiar a los navíos por el paso. Detrás de esa sobriedad hay una historia humana intensa: aquí vivieron generaciones de fareros con sus familias, en uno de los destinos más aislados del servicio.
Lo que de verdad detiene a quien llega es el horizonte. Desde la punta, Lanzarote parece al alcance de la mano al otro lado de la Bocaina, con La Graciosa y los Riscos de Famara recortados a un lado y la inmensa playa de Corralejo al otro. Es un lugar de viento y silencio donde el mar lo ocupa casi todo, y al caer la tarde la luz baja tiñe la piedra y el agua de un tono cálido que premia a quien ha hecho el camino y calcula bien el regreso al embarcadero.
La construcción del faro, proyectado por el ingeniero Juan de León y Castillo, se enfrenta a la dificultad de abastecer un islote sin agua: los materiales han de llegar en barca desde Lanzarote, Fuerteventura y el propio Lobos. El resultado es una casa de una planta con un soporte de seis metros, alzado sobre una colina del extremo nororiental de la isla.
El faro entra en servicio para balizar el estrecho de la Bocaina. Su luz forma triángulo con los faros del Tostón, en El Cotillo, y de Pechiguera, en Lanzarote, para guiar a los navíos por el paso entre ambas islas.
Hija del torrero Leopoldo Plá, destinado al islote poco antes, nace en la casa del faro Josefina Plá, que con los años se convertiría en una destacada escritora, dramaturga e intelectual del siglo XX. Una placa en la fachada recuerda hoy su nacimiento en Lobos.
Antonio Hernández Páez, natural de La Graciosa, es nombrado farero auxiliar de Lobos. Vivirá en el islote más de tres décadas con su familia y se convertirá en el rostro del último capítulo habitado de la isla.
Con la automatización del faro y la marcha de Antoñito el Farero termina la vida humana permanente en Lobos. La señal se moderniza y el faro queda deshabitado, dependiente de la Autoridad Portuaria de Las Palmas.
Electrificado y automatizado, el faro sigue en activo como ayuda a la navegación y se ha convertido en el principal destino de quienes recorren a pie el islote, dentro del entorno protegido del Parque Natural del Islote de Lobos.
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