Canarina canariensis
La campanilla colgante del monteverde: flor de fuego y baya dulce, uno de los primeros endemismos que la ciencia reconoció como genuinamente canario.

El bicácaro es la rareza que florece a contracorriente. Mientras buena parte de la flora canaria descansa, esta trepadora despliega entre noviembre y mayo unas campanillas de 3 a 6 centímetros, de un naranja encendido veteado de rojo, que cuelgan solitarias en la sombra del bosque de niebla. La planta es herbácea y trepa hasta tres metros apoyándose en helechos y troncos; en verano pierde la parte aérea y rebrota desde un tubérculo subterráneo, una estrategia para sobrevivir a la sequía estival.
Su belleza tiene función. Las flores acampanadas y colgantes son ornitófilas: las polinizan pájaros pequeños del monteverde, currucas y mosquiteros, que se acercan al néctar y trasladan el polen de flor en flor. Es uno de los pocos casos de polinización por aves en la flora europea, una reliquia de un linaje cuyo pariente más cercano vive en las montañas de Etiopía, testimonio de cuando estos bosques eran mucho más extensos.
El vínculo con Canarias es profundo y antiguo. Su baya carnosa, que vira del rojo al negro al madurar y sabe dulce, fue alimento de los antiguos canarios y es, junto al mocán y el madroño, una de las escasas plantas autóctonas del archipiélago con fruto comestible. Linneo lo recogió ya en el siglo XVIII como uno de los primeros endemismos reconocidos como tales, y desde el siglo XVII se cultivaba en jardines europeos: llegó a crecer en Hampton Court antes de 1700.
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