Neophron percnopterus majorensis
El único buitre de Canarias, que ha hecho de Fuerteventura su último bastión hasta dar nombre a su propia estirpe.

El guirre es el último gran carroñero alado de Canarias: el único buitre que aún surca el archipiélago. Su silueta blanca de extremos oscuros, con la cara desnuda de un amarillo vivo, recorta los cielos de Fuerteventura planeando a ras de los malpaíses. La isla lo ha hecho suyo hasta el punto de que su nombre majorero quedó grabado en la subespecie, majorensis, un caso raro de animal que define la identidad de un territorio.
Su valor no es solo simbólico. Como carroñero, el guirre cumple un servicio ecológico de primer orden: retira los restos de animales muertos del campo y frena la propagación de enfermedades, un papel de saneador natural que ningún otra ave canaria desempeña. A ese oficio se suma una rareza que lo distingue en el reino animal: usa herramientas. Toma piedras con el pico y las lanza contra los huevos de gran tamaño para abrirlos, una conducta que comparte con muy pocas especies del planeta.
El guirre estuvo a punto de apagarse. La electrocución en tendidos, los venenos ilegales y la intoxicación por plomo de caza lo arrinconaron hasta dejarlo en muy pocas parejas a finales del siglo XX. La respuesta fue contundente: seguimiento individual de cada ave, corrección de tendidos eléctricos y programas de conservación sostenidos. Verlo hoy planear sobre Jandía es asistir a una de las recuperaciones de fauna mejor logradas de las islas, todavía frágil, pero real.
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