Echium wildpretii
La columna de flores rojas que enciende las laderas del Teide a comienzos del verano, símbolo botánico de Tenerife.

Pocas plantas resumen tan bien el paisaje de Canarias. Sobre la lava negra de Las Cañadas, el tajinaste rojo dispara una espiga densa y cónica, de uno a tres metros, recubierta de millares de flores rojo coral. Es una rareza evolutiva: vive como una roseta discreta, acumula fuerzas durante un par de años y, en una sola primavera, lo apuesta todo a una floración descomunal tras la cual la planta muere. Por eso se le llama monocárpica, y por eso cada temporada el espectáculo es irrepetible.
Su belleza no es gratuita. En un entorno hostil de frío nocturno, sol intenso y suelo mineral, esa torre de flores funciona como un faro para los polinizadores: las abejas la convierten en una de las plantas melíferas más importantes de la cumbre de Tenerife, y aves como el mosquitero canario y el canario silvestre se acercan a libar su néctar. El tajinaste sostiene así buena parte de la vida que late en el techo de la isla.
El vínculo con Canarias es íntimo. Los isleños lo conocen como el orgullo de Tenerife o la sangre del Teide, y su silueta encarnada se ha vuelto emblema del Parque Nacional. El nombre científico honra a Hermann Wildpret, horticultor suizo afincado en La Orotava en el siglo XIX. Ver las laderas teñidas de rojo bajo el cono del volcán es una de esas estampas que solo este archipiélago ofrece.
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