Phoenix canariensis
La única palmera que el archipiélago dio al mundo: símbolo vegetal de Canarias y emblema viviente de cada barranco.

Pocas plantas resumen tanto un territorio. La palmera canaria es la única palmera nativa del archipiélago y no crece silvestre en ningún otro rincón del planeta. Su estipe grueso y anillado levanta una copa de hojas pinnadas que se abren como un surtidor verde de cinco a siete metros. Frente a la datilera importada, más esbelta y de fruto comestible, la canaria es más maciza, más densa y más longeva: los ejemplares de mayor porte pueden superar los dos siglos de vida, y quizá los tres.
Su belleza es la de la silueta inconfundible que corona los barrancos. Domina los fondos de valle donde la raíz alcanza la humedad del subsuelo, y por eso los palmerales señalan agua y suelo fértil. Es además una especie dioica: hay pies macho y pies hembra, estos últimos cargados de pequeños frutos anaranjados, las támaras, alimento de aves y reptiles. El palmeral es un ecosistema en sí mismo, refugio y despensa de buena parte de la fauna insular.
El vínculo con la cultura canaria es íntimo. En La Gomera, los guaraperos trepan a las copas para sangrar el guarapo, la savia que, hervida, se convierte en miel de palma, joya gastronómica de la isla. Las hojas se han usado durante siglos para escobas, cestería y cordelería. Reconocida como símbolo natural de Canarias junto al canario, hoy la palmera viaja por jardines y paseos marítimos de todo el mundo, un embajador silencioso de las islas.
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