Corvus corax canariensis
El gran córvido negro de los riscos canarios: inteligentísimo, enraizado en la cultura insular y hoy al borde de desaparecer.

Es una de las aves más grandes y reconocibles del cielo canario: un córvido de plumaje negro azabache con reflejos metálicos verdosos y azulados, pico robusto y graznido grave, ese craaac, rrok-rrok que resuena entre las paredes de los barrancos. Vuela con maestría sobre los riscos, planea en las corrientes ascendentes de los acantilados y exhibe acrobacias en celo. Algo menor que el cuervo grande europeo, comparte con él uno de los cerebros mayores entre las aves: resuelve problemas, recuerda y teje vínculos de pareja que duran años.
Su papel en el ecosistema insular es el de un limpiador incansable. Omnívoro y oportunista, come desde frutos, bayas e insectos hasta lagartos, huevos y, sobre todo, carroña; al consumir animales muertos cumple una función sanitaria y, al ingerir frutos, dispersa semillas por laderas de difícil acceso. Durante siglos siguió al ganado por las medianías y las cumbres, y su declive va de la mano de la merma de la ganadería en libertad, que le retiró buena parte de su despensa.
Pocas aves están tan enraizadas en el imaginario de las islas. Perseguido como plaga de cultivos y a la vez apreciado por su utilidad, rodeado de supersticiones y presente en topónimos, el cuervo formó parte del paisaje cotidiano de los campos canarios. Hoy su silueta solitaria recortada sobre un risco se ha vuelto rara, y verlo es un privilegio y una señal de la salud de los espacios más agrestes de Canarias.
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