Dracaena draco
El árbol que sangra savia roja y mide su edad en ramas, no en anillos: el emblema vegetal de Canarias.

No es un árbol corriente: el drago carece de anillos de crecimiento, así que su edad solo puede estimarse contando las hileras de ramas. Cada ramificación nace tras una floración, que se repite aproximadamente cada quince años, lo que explica su copa hemisférica de muchos brazos. Crece con una lentitud asombrosa —puede tardar una década en ganar un metro— y, sin embargo, llega a superar los 18 metros y a vivir varios siglos. El Drago Milenario de Icod de los Vinos, declarado Monumento Nacional en 1917, es el ejemplar más colosal de la especie.
Su rasgo más célebre es la resina: al herir el tronco brota una savia que se torna roja al contacto con el aire, la "sangre de drago". Los antiguos canarios y, más tarde, boticarios y artesanos la emplearon para curtir, teñir, barnizar y como remedio para encías y heridas. Ese rojo casi mítico, unido a su porte esculpido por los alisios, lo cargó de simbolismo y lo aupó a icono identitario de las islas.
Ecológicamente, el drago es un superviviente del antiguo bosque termófilo, esa franja templada hoy muy mermada entre el mar y la laurisilva. Se aferra a riscos y barrancos casi inaccesibles, donde el ganado y el ser humano no llegaban, y ofrece sus frutos anaranjados a las aves que dispersan la semilla. Conservarlo es, en buena medida, conservar la memoria de un paisaje que el archipiélago perdió en gran parte.
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