Calonectris borealis
La voz de las noches de verano canarias: un ave oceánica que vuelve cada año al mismo rincón de roca para criar.

Es un ave hecha para el océano. La pardela cenicienta planea durante días sobre el Atlántico aprovechando el viento, sin apenas batir las alas, y bucea hasta unos quince metros para capturar peces y cefalópodos. Solo regresa a tierra firme cuando llega la hora de criar. Sus colonias canarias, que rondan las 30.000 parejas reproductoras, se concentran en el Parque Natural del Archipiélago Chinijo —Alegranza alberga una de las mayores del mundo—, además del Islote de Lobos, el macizo de Güigüí en Gran Canaria, Anaga en Tenerife y la costa de La Gomera.
Su vínculo con las islas es íntimo y nocturno. A partir de la primavera, al caer la noche, los adultos vuelven a sus nidos con un reclamo lastimero, a medio camino entre el llanto y el maullido, que ha alimentado el folclore canario durante siglos: a estas aves se las ha llamado "princesas guanches". Cada pareja pone un único huevo blanco en una oquedad bajo la roca y alimenta al pollo de noche, para esquivar a las gaviotas. Es una especie longeva y fiel a su colonia, a la que vuelve temporada tras temporada.
Cada otoño se juega buena parte de su futuro. Cuando los pollos emprenden su primer vuelo, entre finales de octubre y principios de noviembre, las luces de muelles, calles y paseos costeros los deslumbran y desorientan: caen a tierra incapaces de remontar y quedan expuestos a atropellos y depredadores. Los cabildos activan campañas de rescate en las que la ciudadanía tiene un papel decisivo, devolviendo al mar a miles de volantones. Es el mejor recordatorio de que conservar el cielo oscuro es también conservar esta especie.
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