Monteverde
El bosque de niebla que sobrevivió a las glaciaciones y aún respira en las cumbres del norte

La laurisilva no es un bosque cualquiera: es un fósil viviente. Hace más de veinte millones de años, durante el Terciario, formaciones de hoja ancha y perenne como esta tapizaban buena parte de la cuenca mediterránea y del sur de Europa. Las glaciaciones del Cuaternario las barrieron del continente, y solo en unos pocos refugios atlánticos (Canarias, Madeira, Azores) el clima templado y húmedo permitió que el bosque resistiera. Caminar bajo su dosel es asomarse a un paisaje que el resto de Europa perdió hace eones.
Su existencia se la debe enteramente al mar de nubes. Los vientos alisios empujan la humedad del Atlántico contra las laderas del norte, donde se condensa en una niebla casi permanente que los árboles peinan y convierten en lluvia horizontal. Ese goteo silencioso mantiene un verdor catedralicio de troncos cubiertos de musgo, helechos colgantes y un dosel cerrado de laurel, til, viñátigo, barbusano, acebiño y palo blanco. La luz llega filtrada, verde y quieta; es uno de los pocos paisajes de Canarias donde el agua, no el sol, manda.
Más allá de su belleza, la laurisilva es el corazón del endemismo europeo: ningún otro lugar del continente concentra tantas especies vegetales exclusivas. Y su fauna le es fiel: las palomas turqué y rabiche, endémicas y propias de este bosque, son sus jardineras, dispersando las semillas de los árboles que las alimentan. Sin laurisilva no hay palomas; sin palomas, el bosque pierde a quien lo siembra. Es un ecosistema cerrado sobre sí mismo, tejido a lo largo de millones de años.
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