Tursiops truncatus
El delfín que se quedó a vivir en Canarias, con colonias residentes todo el año y una Zona Especial de Conservación frente al Teide

Es el delfín que todo el mundo reconoce: cuerpo robusto y gris, hocico corto y bien diferenciado del melón, y esa aleta dorsal alta y falcada que asoma una y otra vez sobre el agua. Los adultos miden por lo general entre dos y cuatro metros y pueden superar el medio millar de kilos, con machos algo mayores que las hembras. En Canarias no es un visitante de paso, sino vecino: aquí conviven dos formas, un ecotipo costero y discreto que caza en los bajíos del sur y otro oceánico, más corpulento y oscuro, que recorre las aguas abiertas en grupos numerosos.
Su inteligencia es proverbial y tiene base real. Localizan presas y obstáculos por ecolocalización, emitiendo ráfagas de chasquidos y leyendo el eco que rebota; se comunican con silbidos individuales que funcionan casi como nombres propios. Viven en sociedades de fisión-fusión, grupos de composición cambiante donde las alianzas se tejen y deshacen, y cooperan para acorralar bancos de peces. Esa plasticidad social y cognitiva los ha convertido en una de las especies más estudiadas del planeta.
Para Canarias, el mular es mucho más que una atracción: es indicador de un mar sano. Que mantenga colonias estables todo el año dice mucho de la riqueza del canal entre Tenerife y La Gomera, uno de los puntos de mayor biodiversidad cetácea de Europa. Por eso su presencia ayudó a blindar la Franja Marina Teno-Rasca como Zona Especial de Conservación de la Red Natura 2000, donde su futuro pasa por un avistamiento responsable que mire sin molestar.
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