Columba bollii
La paloma del bosque de la niebla: solo existe en la laurisilva canaria, y la siembra desde dentro.

La paloma turqué es una de las aves endémicas exclusivas de Canarias y una de las dos palomas que solo existen en la laurisilva, junto a su prima la rabiche. De las dos, la turqué es la más fiel al monteverde: rara vez se asoma fuera de la espesura. Verla es difícil y por eso emocionante; tímida y desconfiada, suele delatarse antes por el batir seco de sus alas al escapar entre la niebla que por dejarse mirar. Mide entre 35 y 39 centímetros, con una envergadura de unos 65 a 68, y luce un plumaje gris pizarra de pecho vinoso, alas oscuras y un cuello irisado de verdes y rosas que solo se aprende a apreciar con paciencia.
Su rasgo más reconocible aparece en vuelo: la cola, oscura, muestra una banda más pálida hacia el extremo, un patrón que ayuda a separarla de la rabiche. Anida en los árboles, con preferencia por los brezos, y pone un único huevo. Esa puesta tan parca la hace frágil: las ratas y los gatos asilvestrados llegan a malograr cerca de la mitad de las nidadas, y por eso cada pollo que vuela cuenta. En los años de mala cosecha de frutos en el bosque puede dejar de criar casi por completo.
Más allá de su rareza, la turqué cumple un papel ecológico difícil de exagerar. Es una de las grandes dispersoras de semillas de la laurisilva: traga enteros los frutos de laureles, viñátigos, acebiños y fayas y los siembra lejos del árbol madre, ayudando a que el bosque de la niebla se renueve. Bosque y paloma se sostienen mutuamente; perder uno sería empobrecer al otro. Que sus poblaciones hayan remontado tras protegerse el monteverde y prohibirse su caza es una de las buenas noticias de la conservación canaria.
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