Tarentola delalandii
El guardián nocturno de las paredes canarias: el geco que trepa cabeza abajo y delata su presencia con un reclamo en la oscuridad.

El perenquén es uno de esos animales que forman parte del paisaje sonoro y nocturno de Canarias sin que nadie lo invite. Endémico de Tenerife y La Palma —no vive en ninguna otra parte del mundo—, ha hecho de los muros de piedra seca, las fachadas encaladas y los troncos viejos su territorio. Es la especie más robusta de los gecos del género Tarentola en el archipiélago, con un cuerpo grisáceo cruzado por bandas oscuras que cambia de tono según el sustrato: casi negro sobre la roca volcánica, blanquecino sobre la cal. Esa capacidad de mimetizarse lo vuelve invisible de día y dueño de la noche.
Su gran proeza es física. Los dedos, anchos y aplanados, llevan laminillas adhesivas que le permiten trepar por cristales, azulejos y techos lisos, avanzando boca abajo con una soltura que desafía la gravedad. Es además un geco vocal: los machos emiten reclamos sonoros para comunicarse, sobre todo al final de la primavera, un detalle poco común entre los reptiles ibéricos que delata su presencia en la penumbra antes de que la vista lo encuentre.
Su papel ecológico es discreto pero valioso. Cada noche devora hormigas, escarabajos, arañas y otros artrópodos, ejerciendo un control natural de insectos en jardines, cultivos y casas. En la cultura popular canaria es un vecino familiar y bienvenido —se le tiene por aliado, no por plaga—, y su nombre rinde homenaje a Pierre-Antoine Delalande, el naturalista francés que envió los primeros ejemplares de Tenerife al museo de París en el siglo XIX.
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