Caretta caretta
La gran viajera del Atlántico que convirtió las aguas canarias en su guardería oceánica

De caparazón pardo rojizo y cabeza ancha y poderosa, la tortuga boba es la tortuga marina de caparazón duro más grande del mundo: los adultos rondan los 70-95 cm de caparazón y entre 80 y 200 kg, y viven varias décadas. Su mandíbula robusta delata una dieta omnívora con predilección por invertebrados de caparazón duro —cangrejos, moluscos, medusas—, que tritura sin esfuerzo. Verla planear bajo la superficie, lenta y casi prehistórica, es uno de los encuentros más memorables del Atlántico canario.
Su vínculo con Canarias es singular: el archipiélago no es lugar de cría, sino una inmensa zona de desarrollo. Crías nacidas a miles de kilómetros —en las playas del sureste de Estados Unidos, el Caribe o Cabo Verde— derivan con las corrientes hasta estas aguas, donde pasan sus primeros años de vida antes de marcharse hacia aguas continentales lejanas. Por eso casi todos los ejemplares que se ven aquí son jóvenes: una población de paso, de origen mixto, que hace de Canarias una pieza esencial en el ciclo vital de la especie en todo el Atlántico.
Ese papel de cruce de caminos oceánicos la ha convertido en emblema de la conservación marina en las islas. Los enredos en redes y sedales, los anzuelos y los plásticos son sus principales amenazas en aguas canarias, y de ahí el trabajo de los centros de recuperación y de un proyecto pionero que devolvió el desove a la playa de Cofete, en Fuerteventura, con huevos llegados de Cabo Verde. Cuidar a la tortuga boba es cuidar la salud de todo un océano.
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