Viola cheiranthifolia
La flor que aguanta donde ya no crece casi nada: brota a mayor altitud que ninguna otra planta de España, en el techo de Canarias.

Pocas plantas del mundo viven donde lo hace la violeta del Teide. Por encima de los 2.700 metros, en un desierto de lava, picón y roca volcánica donde el sol castiga, hiela de noche y el agua escasea, esta pequeña perenne de apenas 5 a 25 centímetros echa raíces en las grietas. Sube por Las Cañadas y las laderas del Pico del Teide hasta cerca de los 3.300 metros: ninguna otra planta con flor de España florece tan alto.
Su belleza tiene algo de milagro contenido. En primavera, cuando se retira la nieve, asoma de entre las piedras con ramilletes de flores malva-violáceas salpicadas de amarillo y blanco, parientes silvestres de los pensamientos de jardín, sobre hojas ovaladas y muy vellosas. Es una estrategia de supervivencia afinada a un clima extremo de alta montaña subtropical.
Es uno de los grandes símbolos vivos del Teide y de la flora canaria de cumbre. Protegida y con un plan de conservación en marcha desde 1991, sus poblaciones se vigilan y algunas se vallan frente a dos amenazas reales: el muflón introducido, que ramonea los brotes tiernos, y el pisoteo de los muchos visitantes que cada año suben al volcán. Cuidarla es cuidar el techo de Canarias.
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